El antropólogo inocente, la recomendación de un “clásico” para el Día del Libro

Al calor de la lumbre, Mohamed vierte de manera cadenciosa el té entre el recipiente y el vasito de vidrio. Con una destreza inusual para ojos occidentales, el líquido viaja arriba y abajo sin derramar una sola gota en la fina arena del desierto. Con el letargo producido de la ceremonia del té, al abrigo de la noche y con un puñado de tuaregs como anfitriones, la literatura (africana o africanista) parecía la opción más idónea para la tertulia grupal de la jornada. Sin pausa. Reflexiva. Sin tapujos.

-“¿Y qué libro nos aconsejarías tú?”, soltó uno de los viajeros.

Difícil papeleta. Por subjetividad, conocimiento reducido del universo de las letras e injusticia supina para los autores no elegidos.

Pero un ambiente sosegado en un viaje de diez por el Parque Nacional de Tassili N´Ajjer del suroeste argelino y un grupo de Semana Santa de lo más cohesionado no permitía dudas existenciales.

-“ Pues sí”, respondí seguro y dejándome llevar por el impulso de la confianza, “uno con los que me he divertido ha sido…”El antropólogo inocente” de Nigel Barley”.

Craso error. Atrayendo la atención invariablemente tras esta frase, parecía complicada la tarea de dar marcha atrás. El envite, pese a la presunta encerrona, valía la pena.

“El antropólogo inocente” es probablemente el más disperso, ingenioso, divertido y curioso libro escrito sobre antropología (o, al menos, uno de ellos). Si has llegado en la lectura de este post hasta aquí, toma nota para Sant Jordi, fiesta universal de la rosa y el libro que se celebra cada 23 de abril en Catalunya.

Sigamos.

Un Nigel Barley imberbe y con el título universitario de antropología bajo el brazo, decide, allá por la década de los 70, poner en práctica sus estudios de Oxford sobre el terreno. ¿Dónde? En un lugar de cuyo nombre no me quiero acordar y que no es otro que un poblado de la etnia dowayo del norte de Camerún. 

Un trabajo de campo desde una choza de barro lleno de calamidades, anécdotas, incertidumbres e hilaridad en torno a las creencias, costumbres e idiosincrasia de este pueblo que vive de la agricultura, ganadería y caza cerca de los Montes Vokre.

Barley no se corta en detallar la dura vida de un inexperto británico en las fauces del África más tradicional. Se arruina al confiar sus ahorros a un banco local, sufre infortunios físicos y, sobre todo, se aburre, desespera e ilusiona a partes iguales en su primer año por África.

Sea como fuere, el éxito del relato dio pie a una obra coral en la que hay que incluir “Bailando sobre la tumba: encuentros con la muerte”, “Una plaga de orugas: el antropólogo inocente regresa a la aldea africana” y “No es un deporte de riesgo”.

Al acabar la diatriba sobre literatura y África al calor del fuego del desierto, y con Sant Jordi y sus recomendaciones de libros de fondo, alguien preguntó, precisamente sobre Camerún y los viajes de Rift Valley al país.

-“Efectivamente. Tenemos un grupo confirmado para el verano (del 31 de julio al 13 de agosto) a Camerún con la Ruta Étnica y donde se visita precisamente el norte de Camerún y bla, bla, bla…”

Pero claro, para entonces, Sant Jordi y la fiesta del libro quedaba lejos para Mohamed. Dormía plácidamente arropado bajo el cielo encapotado de Argelia y el té se había enfriado.

Texto: Rafa Martín

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