El chaâbi, la música que hace brotar el alma de Argelia

La avenida Larbi Tebessi es, quizás, una de las más bulliciosas de Orán. La calle, que deja entrever al fondo la corniche, el paseo marítimo, de la ciudad, guarda poco de su pasado. Antaño fue una vía poblada de cafés y bares a los que acudían los estudiantes y, también, muchos de los españoles exiliados en Argelia que vivían en esta ciudad. Además, la leyenda cuenta que el escritor estadounidense John Steinbeck, durante sus visitas a la urbe, era un asiduo al Majestic, uno de esos míticos bares. Ahora, aquellos establecimientos han dado paso a franquicias multinacionales, de esas que disfrazan e igualan las calles de tantas ciudades del mundo. 

Sin embargo, algunos de aquellos cafés han sobrevivido a las renovaciones y se mantienen, más o menos, fieles a su tradición. La Roue, es uno de esos supervivientes. En él, especialmente los fines de semana, se puede escuchar en directo música tradicional argelina, como el raï, el bédoui o el chaâbi.

bandera Argelia

Este anochecer, mientras degusto un té con menta, quizás demasiado azucarado para mi gusto, y el sol tiñe de dorado la avenida Larbi Tebessi, un cuarteto interpreta ritmos chaâbi. La música se mezcla con las conversaciones, los ruidos de las tazas, vasos y cucharillas, las órdenes a los camareros y el bullicio de los coches que inundan la calzada. Este sonido que los argelinos reclaman como nacional, resulta de una fusión de música beréber, cánticos religiosos y sonidos andalusíes. Como tantos otros ritmos, fueron las clases populares las que le dieron forma. En sus orígenes llegó incluso a ser considerado un género escandaloso. Era propio de los pescadores, artesanos o los estibadores del puerto. Se cantaba a puerta cerrada en los patios o las terrazas de la Casba de Argel, principalmente. Porque fue en ese barrio de la capital donde nació. Un damero de pequeñas calles donde convivían judíos y musulmanes desde hacía siglos. Por lo que era normal que las orquestas estuvieran formadas por miembros de las dos comunidades.

Los mahchachats clandestinos

Luego, surgieron establecimientos clandestinos conocidos como mahchachat. No eran accesibles a todo el público. En esos locales se bebía té o café y se fumaba cannabis. En algunos de ellos también se podía acceder a los licores propios del país como el boukha (a base de higos) y el thibarine (de dátiles aromatizados con plantas).

Los estibadores del puerto de Argel tuvieron mucho que ver con la proliferación del chaâbi. Tras la Segunda Guerra Mundial, dada la penuria en la que se encontraban, muchos recurrieron al contrabando. Algunos hicieron fortuna con él e invirtieron las ganancias en comprar bares y cafés, principalmente el la Casba, donde se podía beber toda la noche mientras los músicos acompañaban a la clientela con esas melodías.

Pero a mediados del siglo XX, El Hadj M’Hamed El Anka, maestro de la música clásica andalusí, popularizó el chaâbi entre otros estratos de la población y lo sacó de la clandestinidad llevándolo a los escenarios. Desde los años 50 del siglo pasado, es una música apreciada por todos y se toca en bodas e, incluso, en festivales religiosos. Parte de esta popularidad se debe a que El Anka empezó a grabar temas con Columbia Records que luego Radio PTT Algiers hacía sonar en sus programas. Esto llevó el chaâbi a todos los hogares del país. Otra de las hazañas de El Hadj fue conseguir introducirlo en el conservatorio de Argel elevando este ritmo desde sus humildes orígenes y haciéndolo accesible a los jóvenes que se formaban. Pero a El Anka, también, le gustaba tocar en los cafés populares. Era frecuente encontrarlo en uno de ellos deleitando a los parroquianos.

calles Argelia

El chaâbi durante la guerra de independencia

Más tarde, al inicio de la guerra de independencia de Argelia (1954-1962), con los primeros atentados cometidos por el Frente de Liberación Nacional (FLN), las autoridades francesas cerraron los mahchachat y otros locales. Muchos de los músicos de chaâbi se unieron a la revolución. Parecía que este ritmo iba a desaparecer. Pero no fue así, el chaâbi adquirió una nueva dimensión y añadió a sus temas tradicionales otros que ensalzaban la rebelión. Letras patrióticas que se cantaban en las casas donde los disidentes se reunían. El Anka también se unió a esta corriente y comenzó a pasar los mensajes del FLN a los argelinos a través de sus nuevas composiciones. En ellas pedía al pueblo que fuera fuerte y permaneciera unido. Tras la independencia, el chaâbi sí entró en un momento de decadencia. Muchos músicos habían muerto y la mayoría de los judíos emigraron bien a Francia o a Israel. Sin embargo, en los últimos años parece que este ritmo ha renacido y las nuevas generaciones lo reclaman.

El cuarteto de esta noche se acompaña de mandola (especie de mandolina de cuatro cuerdas dobles), violín, darbouka (tambor) y piano. Pero lo normal es que en una actuación de chaâbi haya más instrumentos, como el tamboril, crótalos, castañuelas metálicas, banjo y qanûn (pequeña arpa). Tampoco es raro que aparezca alguna guitarra española o un acordeón. Me cuenta el amigo que me acompaña que algún grupo ha intentado añadir guitarras eléctricas, pero que el experimento no ha sido bien recibido.

De vez en cuando, algunos clientes acompañan la música con palmas. Yo me abstengo de sumarme a ese brote de entusiasmo, aunque no puedo dejar de mover los hombros siguiendo el ritmo que marcan los artistas. No entiendo las letras de lo que se canta. Pero me explican que hablan de la belleza de Argelia, de la importancia de mantener las tradiciones o describen escenas populares. Luego, como en todas partes, también hay algún tema que habla de amores imposibles. Mi amigo se siente invadido por los ritmos. Me explica que el chaâbi es la música argelina por excelencia porque nació del pueblo y cuenta las historias de su cotidianidad. Asegura que es el mejor escaparate de la esencia argelina.

Yo me dejo transportar por los sonidos, la música, la atmósfera del café. Mi amigo me dice que si tanto me ha emocionado la experiencia, debería ver el documental El Gusto (2011) de Safinez Bousbia. En él se cuenta la historia de una orquesta de músicos judíos y musulmanes dispersados por la guerra que se reúnen años más tarde para tocar juntos. También me recomienda que busque grabaciones de algunos de los grandes nombres del chaâbi como Reinette L’Oranaise, Mustapha Skandrani o Abdelkader Chaou, entre otros. Además, claro está, de las de El Hadj M’Hamed El Anka.

Sí, escuchar esos discos o ver el documental servirá para bucear más en este ritmo y conocer mejor su historia. Pero estoy seguro de que nada será comparable con este primer encuentro con el chaâbi en un café mientras la ciudad de Orán empieza a llenarse de la brisa y la vida del anochecer. 

Texto: Chema Caballero.
Fotos: Rafa Martín.

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