Quizá ya sepas que en 2011 nació un nuevo país en África, consecuencia de una partición gestada a lo largo de un par de largas y sangrientas guerras, pero que se venía cociendo desde mucho antes. Se trata de Sudán del Sur, la última frontera. Nació como fruto de un acuerdo de paz de 2005 que determinó que, en seis años, se celebraría un referéndum. Y éste se ganó de forma aplastante, con casi el 99% a favor de la independencia de Sudán, el “del norte”, que lo había subyugado, negligido, abusado y dominado a lo largo de muchos años, imponiendo la Sharía, la ley Islámica y el árabe como lengua a un pueblo que se sentía mayoritariamente animista y nada en esta línea. No ayudó mucho a la pacificación de esta región, que en 1979 se descubrieran yacimientos de petróleo, justo donde se estaban marcando las nuevas fronteras. La confrontación y la ruptura fueron inevitables.
Pero a este recién creado país le faltaba un largo y tortuoso camino para poder convertirse en un Estado con sus propias instituciones, fronteras, lengua, constitución, gobierno, moneda, código telefónico e internet. Para empezar, no había ni capital. Para añadir más complicaciones, luego de la declaración de independencia, el país se enzarzó en una cruenta guerra civil que duró hasta 2018. Acusaciones cruzadas entre el Presidente Salva Kiir y parte de su gobierno, especialmente contra el vice-presidente Riek Machar a quien destituyó (aunque luego regresó), y una brutal negligencia hacia la población civil, estallaron en unas luchas encarnizadas entre las diferentes comunidades.
Se tachó a la situación de conflicto interétnico, pero en realidad era una lucha por el poder, y así pasaron cinco años. La complejidad de Sudán del Sur es grande. Sus más de sesenta grupos étnicos, con sus respectivas lenguas y peculiaridades culturales, hacen que hablar de unidad sea complicado. Pero quizá esta pluralidad es lo que le confiere, a este nuevo país africano, su atractivo.
Actualmente, Sudan del Sur vive en un delicado equilibrio que, no obstante, le ha permitido una tímida apertura al turismo para mostrar su espectacular diversidad cultural. Aún así, no es un destino para todo el mundo. Quien quiera conocer de cerca esta realidad, no va a encontrar ni resorts ni comodidades (exceptuado el hotel de la capital, Juba). Tampoco se puede “hacer por libre” al estilo mochilero. Este destino es exigente y requiere paciencia y conocimiento. Por eso, es indispensable contar con un buen equipo local, buenos guías y una buena agencia detrás.
Esto es lo que te propone Rift Valley Expeditions: una expedición etnográfica respetuosa que te acerque a estas frágiles comunidades. Toposa, Lopit, Mundari, Dinka y Larim fueron los grupos étnicos que visitamos este pasado enero. Aunque todos tienen una base común (son todos nilóticos y mayoritariamente dedicados a la ganadería), son también muy diferentes entre sí. Sus lenguas son distintas, y hay que echar mano de traductores e intermediarios. Una vez más, sin la profesionalidad de los equipos locales y la buena predisposición de las propias comunidades, este encuentro con el otro sería poco fructífero, quedándose en una simple anécdota fotográfica. Pero este no es el objetivo de Rift. Hemos interactuado con mujeres y hombres quienes nos han contado su realidad, sus preocupaciones e ilusiones. Quienes nos han preguntado también sobre nosotros y se han interesado por nuestra cultura y forma de vida. Y sobre todo, hemos dado contexto etnográfico a lo que veíamos. Este es un valor añadido por el que ha apostado Rift.
En esta expedición, hemos volado en avioneta hacia el este del país para encontrarnos con los toposa, en los alrededores de Kapoeta, dónde acampamos en el patio de una desvencijada escuela. Seguimos hacia los montes Boya para conocer a los larim en sus casitas de cuento de hadas. Y quedamos impactados con las viudas y sus tristes historias. Hemos recorrido en 4X4 pistas de polvo y tierra, llenas de baches, para acercarnos a los lopit en las laderas de las montañas y nos hemos reencontrado con la energética Mama Rosa. Siguiendo el Nilo Blanco que discurre hacia el norte, hemos también acampado cerca de un cattle camp mundari para poder presenciar sus rutinas diarias en relación a sus queridas vacas ankole watusi. Las salidas y puestas de sol, los mugidos, los cuernos, el humo, las cenizas y el polvo dan a esta comunidad nilótica un plus muy fotogénico. También acampamos cerca de un cattle camp dinka, siguiendo el Nilo, más al norte. Muy parecidos a sus vecinos mundari, asistimos, atónitos, al nacimiento de un ternero, este bien tan preciado, al que bautizamos como khawaja, (persona) blanca. Finalmente, cogimos una barca para navegar por esta arteria acuática que recorre todo el país, hasta una isla para conocer a los pescadores dinka bor, quienes basan su dieta exclusivamente en pescado.
Y todo esto lo hemos vivido con las ganas de entender, de aprender y sobre todo de respetar. Acampamos bien cerca de las comunidades para poder observarles, para poder interactuar con ellos y para establecer puentes de diálogo que nos abrieran nuestras mentes a esta realidad tan distinta. Una realidad que se nos aparece a veces como injusta a nuestros ojos, pero totalmente lógica para ellos: ¿Cómo puede ser que todos estos niños no vayan a la escuela? ¿Qué futuro les espera? Preguntamos ansiosos. ¿Cómo que los padres no piden ninguna vaca cuando dan en matrimonio a su hija? Nos preguntan atónitos.
Viajar de verdad es esto, dejarse sorprender y, si puede ser, no juzgar.
Calor, polvo, humo, cenizas, vacas y baches…
Sudán del Sur se tiene que vivir desde dentro, si no, no se entiende.
Texto y Fotos: Eva Colomer











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