El río Nilo y el Cairo a vista de pájaro / Toni Espadas.
- Stella fue la cerveza que acompañó el tiempo de mayor esplendor de la capital egipcia y hoy sigue siendo la favorita del país.
Desde la cubierta del barco se aprecia una pequeña franja de verde y luego el desierto. Colinas o planicies donde no crece nada. De vez en cuando se pasa ante algún pequeño pueblo. Entonces el río parece cobrar vida. Se ve ganado junto a sus orillas, campesinos trabajando la tierra, mujeres lavando ropa, sumergidas hasta las pantorrillas, y niños que se bañan, gritan y saludan a los pasajeros.
Hace mucho calor, no lo niego, pero no puedo dejar de contemplar el espectáculo. La luz, los colores y el balanceo de la nave crean un mantra que hace entrar en comunión con la vida que genera el Nilo a su paso, borra la noción del tiempo y traslada a un estado donde el pretérito y el presente se funden. Sí, claro, los altos que se hacen a lo largo del camino para visitar templos y ciudades son muy interesantes y enriquecedoras. Sin embargo, el espectáculo desde la cubierta de la nave lo supera. Un crucero por el Nilo es una experiencia única que hay que hacer, por lo menos, una vez en la vida.
Los tragos que doy a mi lata de Stella me devuelven a la realidad de vez en cuando. Y es que en Egipto, la cerveza que más se bebe es esta, reconocible por su etiqueta amarilla y su estrella azul. Elaborada con cebada malteada, lúpulo, arroz y agua, presenta un sabor suave y muy refrescante.

Los orígenes de esta cerveza se remontan a finales del siglo XIX, cuando dos empresarios belgas montaron, por separado, sendas cerveceras: Crown en Alejandría en 1897 y Pyramid en El Cairo en 1898. Las dos tuvieron problemas al principio. Los extranjeros que residían en el país preferían la cerveza importada, por lo que a las locales les costó ser aceptadas. Eso repercutió en sus finanzas. Por eso, los dos belgas vieron que no era sostenible competir por el dominio del mercado y negociaron una asociación. Stella fue el fruto de esa unión. El nuevo producto, que era el mismo que ambas ya elaboraban, salió a principios de los años 1920, cuando la vida nocturna de El Cairo, capital del protectorado que los británicos habían impuesto sobre el país, rivalizaba con la de metrópolis cosmopolitas como Berlín, París o Nueva York.
El Cairo, en aquella época (al igual que hoy), poseía un carácter dual. Por un lado, estaba profundamente arraigado en su herencia islámica, con altísimos minaretes y las antiguas calles de Khan el-Khalili que vibraban con los sonidos del bullicioso comercio. Por otro lado, era una ciudad cada vez más orientada hacia Occidente. Su vida cultural y sus veladas eran legendarias y atraían a aristócratas, diplomáticos y élites europeas que frecuentaban Egipto en los años de entreguerras. Durante este período, El Cairo no solo surgió como un centro político, sino también como un vibrante núcleo cultural. La ciudad se convirtió en un imán para intelectuales, artistas y revolucionarios por igual. Y la cerveza Stella fue la fiel compañera de todos los que recalaban allí.
Gracias a ese ambiente, Stella adquirió un gran protagonismo y se apoderó del mercado egipcio. Eso atrajo a un importante número de empresarios que querían invertir en ella, hasta que en 1930, Heineken se hizo con su control. En 1960, el gobierno egipcio nacionalizó la cervecera y le dio el nombre de Al-Ahram. Pero, poco a poco, el legado original fue decayendo. Los cerveceros formados por los pioneros o por la empresa holandesa empezaron a desaparecer y en los 80, la calidad de Stella se resintió. Esto coincidió con una fuerte islamización de la sociedad egipcia que hizo que algo que se consumía con normalidad, como la cerveza, pasase a ser un producto incómodo.
En la década de los 90, Al-Ahram se privatizó. Fue comprada por un empresario egipcio-americano que invirtió en la modernización de la fábrica y dedicó muchos recursos a la venta de cerveza sin alcohol, bajo la marca Birell. En 2003, Heineken volvió a comprar la compañía y desde entonces es su propietaria.
Stella no ha recuperado las ventas que tuvo hasta los años 80 del siglo pasado. A pesar de las revoluciones y la interesante vida social de El Cairo, la influencia del islam sigue siendo muy fuerte en la sociedad. Por eso, muchos egipcios se esconden para poder beberla. Los bares de los hoteles o lugares con zonas reservadas para no molestar a los más religiosos suelen ser los enclaves más frecuentados.
Uno de mis espacios favoritos en El Cairo es el jardín del hotel Marriot, en la isla de Zamalek, en medio del Nilo. Flanqueado por las dos torres del establecimiento, se halla el palacio que Ismail Pachá, gobernador otomano de Egipto, mandó construir para acoger a la emperatriz francesa Eugenia de Montijo cuando acudió a inaugurar el canal de Suez en noviembre de 1869.

El palacio conserva todo el glamour con el que fue concebido. A sus pies, en los veladores del café, se mezclan gentes venidas, principalmente, de los países del Golfo y otras naciones árabes que acuden a la capital egipcia en busca de diversión, con los locales. Amparados por el anonimato, las mujeres se descubren los rostros y toman copas de vino blanco y los hombres saborean cerveza Stella bien fría. Unos y otros charlan deshinibidamente y disfrutan de la placidez que el lugar ofrece. Es la antesala de lo que será una velada de diversión en uno de los muchos clubs o discotecas que han surgido en la ciudad. El Cairo ha vuelto a recuperar el esplendor de sus noches. Se ha convertido en un lugar donde la gente acude en busca de la diversión y el desenfreno que los rigores religiosos de sus países les niegan.

Pero por muy bien y muy fresquito que se esté un atardecer en esos jardines a la sombra del palacio de la emperatriz, no se puede comparar a la experiencia de deslizarse a través del Nilo observando la vida que el gran río genera a su paso.




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