Moverse por el Extremo Norte de Camerún no es fácil, sobre todo si te internas por los montes Mandara, que hacen frontera con Nigeria. Estrechas sendas salpicadas de grandes pedruscos, hondos baches o cauces de ríos que el 4×4 sortea con habilidad, pero que dejan el cuerpo del conductor y sus acompañantes magullados y doloridos. Luego, la inmensidad del paisaje, los pueblos colgados en las laderas de las colinas, los campos cultivados, la quietud del tiempo, la algarabía de los niños, el silencio y desconfianza de los adultos o la vida que lucha por brotar hacen que el viaje haya valido la pena. Varios días recorriendo caminos, encontrando aldeanos, visitando sus huertos y ganado, conociendo su modo de vida. Aquí, las mujeres ancianas portan calabazas decoradas a modo de sombreros, los bi controlan la lluvia haciéndola caer o detenerse según las cosechas lo necesiten. Y los sabios viven en cuevas, en las colinas, protegidos por pitones. Hasta ellos llegan los aldeanos para saber qué les depara el futuro, en busca de curas para sus males o de algún amuleto que les proteja del mal de ojo y otros hechizos.
Luego, el viernes, toca regresar a Maroua, la capital de la región, para descansar un par de días, antes de volver a la zona.
Maroua es una ciudad grande donde la arena del Sahel quiere comerse el asfalto. Dominada por los peul, que llegaron a estas tierras gracias a la yihad de Modibo Adama a mediados del siglo XIX, expulsando a los pueblos que habitaban esas tierras y no quisieron convertirse al islam. Una cultura que la escritora camerunesa Djaïli Amadou Amal describe tan bien, sobre todo, en su novela Coeur du Sahel.
Cuando comienza a anochecer en Maroua y el sofocante calor del día da paso a la brisa que anuncia la noche, es el momento de acercarse hasta la zona de Domayo con sus bares, restaurantes y puestos callejeros que se suceden en sus aceras. Me gusta encontrar una mesa que permita observar la vida que se despliega en el bulevar de Renouveau: gente que pasea con sus mejores galas, los que hacen compras de última hora, los coches y las motos que compiten por un espacio para aparcar, los vendedores ambulantes que se acercan ofreciendo todo tipo de mercancías, los niños de la calle que buscan algo de comer o unas monedas con las que comprar pegamento que esnifado les permite resistir el frío de la noche. Mi cena es muy rutinaria. Me gustan las ensaladas de aguacates que preparan en uno de los quioscos. En esas latitudes le suelen añadir azúcar, pero yo siempre la pido sin ella, solo la vinagreta con la que la aliñan. Luego, encargo un poco de soya (carne de vaca o cabra cortada en trozos pequeños y asada a la lumbre), una especialidad de esta parte del país. Todo ello, evidentemente, acompañado de una 33, la cerveza más popular del país. Esta ofrece un sabor ligeramente malteado con un amargor suave al final.

La 33 export, que es su nombre completo, aunque nadie la pide así, empezó a producirse en Indochina en 1875. Los actuales Camboya, Vietnam, Laos, Birmania y Tailandia fueron colonizados por Francia y agrupados en una misma entidad con capital en Hanoi. Un antiguo maestro mecánico de la marina francesa, Victor Larue, fundó allí una cervecera con su nombre y comenzó a producir Bière Royal, con un tigre como logo, destinada principalmente a la exportación. Se vendía en botellas de 33 centilitros, de ahí le viene el nombre que pronto se hizo popular.

El grupo Larue creció y anexionó otras factorías de bebidas en la zona convirtiéndose en el grupo Brasseries et Glacières Internationales (BGI). En 1919, comenzó su expansión por el imperio colonial francés. Así, en ese mismo año, crea Brasseries du Maroc y en 1927, Brasseries et glacières d’Algérie. Tardará todavía un poco en llegar a Camerún. Será en el año 1948, cuando funda Brasseries du Cameroun. Más tarde, en 1967 la Brasserie de Niger. Finalmente, en 1986, la Societé des Brasseries du Mali (Bralima).
La Brasseries du Camerún puso en el mercado las primeras botellas de 33 en 1950. En 1990, el grupo francés Castel adquirió la compañía. Desde entonces, junto a la 33, fabrica otras marcas propias de esa multinacional. Pero ninguna de ellas ha conseguido batir la popularidad de la primera cerveza fabricada en Camerún. Parte de este éxito se debe a que es el patrocinador de la mayoría de los eventos de fútbol del país. Desde la Copa del Mundo hasta las Copas de África. Así, la marca se asocia a este deporte. De hecho, hace unos años, cambió su etiqueta tradicional para añadir un balón a ella. Y ya no solo se vende en botellas de tercio, ahora, la más popular es la de 65 centilitros.
Así, que ahí me encuentro yo. Disfrutando del descanso después de los duros días pasados en los montes Mandara. Saboreo el momento. Disfruto del ambiente. Charlo con los amigos que van a festejar el sábado noche.
El lunes por la mañana, habrá que regresar de nuevo a los caminos plagados de rocas y baches. Cruzo los dedos para que no llueva, los ríos se llenen y el barro lo inunda todo. Entonces será más arduo llegar a las aldeas. En esa zona es difícil encontrar una 33. A veces, si hay suerte, aparece alguna Star nigeriana en Tourou, el pueblo más grande, pero estará caliente. En esas montañas es más agradable beber vilvil, la cerveza local elaborada a partir del mijo que crece en las laderas y terrazas de las colinas.
Pero por ahora, es mejor olvidar el cansancio que vendrá y disfrutar del momento.
Texto y fotos: Chema Caballero




Dejar un comentario