Foto: Toni Espadas.
Siempre me he preguntado qué llevó a Albert Schweitzer hasta Lambaréné, en el actual Gabón. El hospital que fundó sigue funcionando erigido sobre una de las laderas del río Ogooué. Imagino que accedería hasta aquí remontando el gran curso de agua desde el océano Atlántico. En torno al primer edificio han crecido nuevos pabellones. Pero todavía se conserva su habitación, donde sorprende un par de zapatos enormes, los últimos que calzó. Y también se puede visitar su tumba. Cerca de la orilla del río, un cartel advierte que hay que tener cuidado con los hipopótamos. Igual sucede en el hotel en el que nos alojamos. Parece que esos animales se pasean por esas riberas de vez en cuando.
Hace años leí algunos de los textos filosóficos de Schweitzer donde aboga por el respeto por cada manifestación de la vida y una relación personal y espiritual hacia el universo. Este médico, filósofo, teólogo y músico alsaciano, utilizó el dinero del Premio Nobel de la Paz, que recibió en 1952, para crear una leprosería, junto al recinto del establecimiento médico que dirigía, pionero en la lucha contra la enfermedad del sueño.
Yo siempre llego a Lambaréné por carretera, desde Libreville. Atravesando las profundas selvas de Gabón. Si algo caracteriza a este país son sus inmensos bosques, que cubren más del 88% de su territorio, y sus cientos de elefantes. Normalmente, paso casi una semana en la ciudad. Un programa para formación y acompañamiento de las organizaciones de la sociedad civil de la zona es la razón de mi visita. Tras varios años viajando hasta allí, se crean lazos de amistad con los líderes de las asociaciones.
Al terminar uno de aquellos ejercicios, uno de los organizadores se me acercó y me comentó que por la noche me tenían preparada una sorpresa de despedida. Una cena con uno de los manjares de la región. No podía imaginar qué sería. Llevábamos días comiendo principalmente carne de caza: puercoespín, jabalí y antílope, además del consabido poulet bicyclette (pollo local que se dice que se pasa el día montando en bicicleta por lo duro que está). Todo ello acompañado de mandioca frita o cocida, arroz o patatas fritas. ¿Qué más podrían ofrecerme?

La noche de aquel sábado nos acercamos hasta un maquis cercano a una laguna. Se llama La Joie d’Être Ensamble. Parecía una casa particular en cuyo jardín habían montado algunas mesas y sillas. Estaba lleno, como corresponde a un fin de semana. Un altavoz expulsaba rumba congolesa a todo volumen. Grupos de clientes bebían cerveza y hablaban a gritos. Nuestra mesa nos acogió en una esquina un poco alejada del amplificador, lo que fue muy de agradecer. Pedimos unas cervezas mientras esperábamos la cena. Evidentemente, era Régab, la más consumida en el país. Así que hicimos tiempo para que llegasen los manjares que con tanta excitación me habían prometido. Resultó ser cocodrilo. Algo exquisito y cada vez más difícil de conseguir, me explicaron mis anfitriones. No era la primera vez que lo comía. Es una carne que me gusta. Tiene un sabor peculiar entre pescado y pollo. Pero cada vez tengo más reparo en comer estos animales que lentamente ven disminuir su población. Sin embargo, no podía poner sobre el mantel mis reparos. Así que tomé un par de mollas del animal, para no desilusionar a mis acompañantes que perdieron el habla mientras engullían el manjar. A mí me bastaba con que hubiera cerveza para celebrar la fiesta.

En Gabón se bebe mucha cerveza y alcohol, en general. Es el tercer país del continente en su consumo por habitante, y el undécimo a nivel mundial. Los gaboneses parecen beber más cerveza que agua, a pesar de que ríos tan grandes como el Ogooué dan siempre la impresión de estar a punto de desbordarse.
Régab es una típica lager que tiene un aspecto dorado translúcido. Es suave, con un sabor ligero a cereales y un olor maltoso y fresco. Es una cerveza ideal para este clima cálido que calma la sed y acompaña los buenos momentos. Comenzó a fabricarse en 1966. En aquel momento, en Gabón no existía ninguna cervecera y el presidente del país parecía preocupado por el tema.

En aquel entonces era presidente León M’ba, y Omar Bongo su primer ministro, que le sucedería en el cargo en 1967. Fue Bongo quien propició la llegada del grupo francés Castel para crear la primera cervecera del país. Por entonces no se había convertido al islam todavía y se llamaba Albert-Bernard. El cambio de religión y nombre sucedería en 1973, para poder acceder a créditos del Banco Árabe. Ese hecho no supuso ningún inconveniente para la fábrica abierta en Libreville, que se fue expandiendo y estableciendo nuevas factorías en otras ciudades del país: Franceville en 1971, Port-Gentil en 1972, Oyem en 1976, y Mouila en 1983. Llegando así a ser uno de los mayores negocios de Gabón. A diferencia de lo ocurrido en otros países, la multinacional de bebidas francesas no ha tenido que comprar la cervecera gabonesa, la posee desde sus inicios.
La marca Régab, que es el acrónimo de Régie gabonaise des boissons, da lugar a muchos juegos de palabras entre los gaboneses. Desde la primera vez que pisé Gabón no dejo de oír cosas como: ‘Regardez les gabonais boire’ (Mirad a los gaboneses beber) u otras por el estilo.
Entre bromas como estas termina la comida. Ahora es tiempo de degustar un par de cervezas más con calma. La conversación, la música, el sábado noche, el fresco que surge de la laguna se encargan de hacer el final de la estancia en Lambaréné más llevadero. Quizás esta paz fue una de las razones que llevó a Schweitzer a fijar su residencia en esta parte del África central.
Al día siguiente, había que emprender ruta hacia Mouila. Una ciudad a orillas del río Ngounié. Y el lunes repetir el ejercicio de acompañamiento a las organizaciones de la sociedad civil de la zona. Pero se estaba bien y no había prisa por alejarse de La Joie d’Être Ensamble, de la alegría de estar juntos.
Texto: Chema Caballero
Fotos: Chema Caballero y Toni Espadas




Miguel dice
Brillante Chema. Genial tu labor pero ¿es cierto que te gusta la cerveza?
Me cuesta creérmelo.
Un fuerte abrazo
Rift Valley dice
Gracias por escribirnos Miguel. Chema es un gran conocedor de la vida cotidiana en África y, por ende, la cerveza, uno de los nexos de unión de la población. Te recomendamos un libro que acaba de publicar en Libros del Baobab cuyo nexo de unión es esta bebida. El título es El bebedor de cerveza, aunque el eje del mismo es una reflexión personal.
Un saludo.