Foto: Toni Espadas.
- El bosque sagrado yoruba es un lugar muy especial donde el visitante siente todo el poder de la cultura y religiosidad de este pueblo
Chema Caballero
Cuenta la leyenda que un grupo de personas, liderado por el cazador Oluwatimilehin, llegó hasta orillas del río Osun huyendo de la hambruna que asolaba su tierra. Allí se le apareció Yeye Osun, la diosa del río, la fertilidad, la curación y la prosperidad, y ordenó a Oluwatimilehin que guiase a su gente hasta un lugar especial, la actual ciudad de Osogbo (capital del estado de Osun, en el suroeste de Nigeria). La deidad prometió proteger al grupo y darle prosperidad a cambio de un sacrificio anual en su honor. El pueblo aceptó la propuesta. Eso sucedió hace más de 700 años. Hoy en día, la ofrenda a la diosa se ha transformado en el Festival Osun-Osogbo que se celebra todos los meses de agosto.
En la actualidad Osun-Oshogbo es una tupida arboleda de gran importancia cultural y religiosa para el pueblo yoruba. Antiguamente, cada población de esta etnia tenía un lugar similar, un bosque sagrado que era el centro de sus celebraciones religiosas. Sin embargo, la llegada del islam y el cristianismo provocaron que la gente abandonase la religión tradicional y estos lugares perdiesen su significado. Fueron profanados: se empezó a pescar y cazar en ellos y sus árboles se talaron. Al mismo tiempo, los santuarios de las divinidades cayeron en el olvido, los sacerdotes abandonaron el culto y, así, los templos se desmoronaron lentamente.
Lo mismo hubiera sucedido a Osun-Oshogbo si en los años 50 del siglo pasado no hubiese aparecido en la zona la artista austriaca Susanne Wenger, que llegaría a ser investida sacerdotisa yoruba por su amor y trabajo en favor de esta cultura. Con el apoyo del ataoja, el rey, de la zona y de algunos ciudadanos, formó un movimiento que expulsó a los furtivos y madereros y restauró el bosque hasta alcanzar su majestuosidad inicial.
Ahora, en este espacio se trenzan densos árboles, muchos de ellos medicinales o endémicos, con arroyos serpenteantes y esculturas sagradas. Altares, santuarios e imágenes de dioses y diosas, además de figuras míticas de la tradición yoruba lo pueblan.
Es una de las grandes áreas de selva primigenia de África. La pesca, la agricultura y la caza están prohibidas en las 75 hectáreas de tierra sacra. El bosque sagrado captura la potencia de la Madre Naturaleza en su máximo esplendor. Prueba de ello son sus raras especies de antílopes, monos y otros animales exóticos que habitan el bosque. Pueden ser vistos por los visitantes que acuden hasta allí para disfrutar de su esplendor.
Para poder experimentar este lugar único en el mundo con mayor intensidad, lo mejor es adentrarse sin prisas en él. Recorrer su camino principal y luego perderse por los senderos angostos en los que lentamente se va bifurcando. Contemplar sus lugares sagrados, disfrutar de las esculturas, admirar la vegetación y llegar hasta el río Osun que tiene poderes y al que acuden muchos yorubas en busca de sanación o fertilidad. A lo largo de sus orillas se encuentran diez puntos, pequeños remansos, que emanan una fuerza especial y donde los rituales son celebrados. También existe un puente colgante para atravesar el curso de agua que ofrece unas bonitas vistas sobre él.

Varios lugares destacan especialmente por su simbolismo: Ilédi Ontótóo, donde tienen lugar los cultos a la tierra Ogboni. Ojubo Osogbo, templo principal de la diosa Osun. El santuario de Búsanyin con su impresionante escultura y lugar para el culto. Y, finalmente, quizás el monumento más espectacular de todos: Íyá Moòpó, la encarnación de la diosa de las ocupaciones femeninas.
En definitiva, el bosque de Osun-Osogbo es un espacio de culto y peregrinación y sirve como testimonio viviente del rico acervo cultural del pueblo yoruba. Por eso, la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 2005.
Como decíamos, cada año, en agosto, se celebra allí el Festival de Osun-Osogbo, que atrae a miles de fieles, espectadores y turistas de todo el mundo. Durante ese mes, los habitantes de la zona, conocida como Osogboland, realizan la limpieza tradicional de la ciudad y las ofrendas a sus antepasados, los fundadores del reino de Osogbo.
El Festival en sí, tiene una duración de dos semanas. Comienza con la limpieza tradicional de Osogbo, que se denomina Iwopopo. Tres días después, se enciende la lámpara de dieciséis brazos que tiene 500 años de antigüedad y que se conoce como Ina Olojumerindinlogun. A continuación llega el Iboriade, que es la exhibición de las coronas de los antiguos gobernantes, los ataojas de Osogbo, para bendecir a su pueblo.
Las celebraciones culminan con una procesión hasta el santuario del bosque sagrado, donde se congrega una gran multitud. Los tambores, los bailes, las interpretaciones musicales, el uso de trajes tradicionales muy elaborados, la recitación de la poesía de alabanza y las oraciones, añaden alharacas y color a los actos. El evento es liderado por el ataoja de Osogbo, junto con el intérprete del reino, el arugba, y un comité de sacerdotisas que recrean el primer encuentro entre Oluwatimilehin y Yeye Osun. El arugba, un joven de linaje real, es el que realiza la ofrenda a la divinidad.
El Festival Osun-Osogbo sirve como fuerte factor unificador en Osogboland, ya que independientemente de las diferencias sociales, económicas, religiosas o políticas de los que acuden a él, todos se reúnen para celebrar a la diosa.
Una experiencia única llena de color, tradición, cultura y espiritualidad que la vale la pena experimentar al menos una vez en la vida.
Texto: Chema Caballero
Fotos: Toni Espadas




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