El cacao como paisaje en movimiento

El olor es intenso y muy peculiar, llega al visitante antes que la visión de la plantación: una mezcla terrosa, afrutada y dulzona que flota entre las sombras de los árboles de cacao. En África occidental, el cacao no es solo un cultivo —es paisaje, historia y economía— y adentrarse en las regiones productoras es una experiencia muy particular que mezcla selva, arquitectura colonial, mercados exuberantes y conversaciones con quienes crían con tanto amor los granos que luego terminarán en las tabletas y bombones de chocolate.

El cacao, originario de la cuenca amazónica y Mesoamérica, llegó a África a través del comercio colonial entre los siglos XVIII y XIX. Tras la llegada de los españoles a América en el siglo XVI, el cacao se incorporó al comercio trasatlántico, se popularizó como bebida en Europa y surgió la necesidad de ampliar la producción. Los portugueses vieron el negocio que se abría con esta nueva moda y lo llevaron desde Brasil a Santo Tomé y Príncipe, donde se establecieron roças (plantaciones) para su cultivo. De ahí se difundió por el Golfo de Guinea hacia territorios como Ghana, Nigeria, Camerún y Costa de Marfil donde el clima tropical favoreció su expansión. A comienzos del siglo XX, África occidental ya se había convertido en el principal productor mundial, posición que mantiene hasta hoy. Esto se debe, especialmente, a Costa de Marfil y Ghana, que juntos producen más del 50% del cacao mundial.

mujer moliendo cacao

Costa de Marfil: la capital mundial del cacao y sus mercados rurales

Costa de Marfil produce más cacao que cualquier otro país del mundo. Sus plantaciones se extienden por los valles y colinas del suroeste. La cadena del cacao atraviesa la vida cotidiana de estas regiones: desde las aldeas donde se secan las habas en esteras al sol, hasta las bodegas donde se almacenan partidas enormes antes de exportarse. En lugares como San Pedro y Abengourou, los visitantes pueden ver el proceso en directo —recolección, apertura de mazorcas, fermentación y secado— y conversar con cooperativistas que intentan mejorar prácticas y precios para los agricultores. Además, el sector está sometido a intervenciones gubernamentales y de mercado que afectan la vida de cientos de miles de productores.

Para el viajero que se adentra en estas zonas, la experiencia es doble: la crudeza del trabajo agrícola se contrapone a la hospitalidad de las comunidades. La mejor época para visitarlas es durante la cosecha. Existen dos temporadas: la principal, donde se recoge la mayor parte de la producción, va de octubre hasta principios de marzo, con un pico de actividad entre noviembre y finales de año, gracias a las condiciones más secas y favorables para la recolección y secado de las habas. Luego, tras un breve descanso, hay otra cosecha más pequeña que se desarrolla entre abril y septiembre, dependiendo de la región y las condiciones climáticas de ese año.

Los beneficios del cacao permitieron al presidente Félix Houphouët-Boigny, construir la mayor iglesia católica del mundo: Nuestra Señora de la Paz, en Yamusukro, una copia de la de San Pedro en el Vaticano. En una de las vidrieras se puede ver al “Padre de la independencia”, como se le conoce, rezando.

Ghana: tradición e innovación

Ghana ocupa un lugar central en la historia del cacao y mantiene una industria moderna donde este producto sigue alimentando pueblos enteros. Las aldeas de las regiones Oriental y Ashanti son un buen punto de partida para conocer las plantaciones tradicionales y los programas de sostenibilidad que promueven plántulas (fase intermedia entre la semilla y la planta joven) mejoradas, prácticas fitosanitarias y capacitación de los jóvenes agricultores. Una visita a estos pueblos permite ver todo el proceso de transformación del cacao y probar la fruta fresca (mazorcas).

Ghana también enfrenta retos contemporáneos: modelos de financiación de la compra de cacao y las fluctuaciones de precios internacionales tienen un impacto directo sobre los pagos a los agricultores, un asunto que ha entrado en la agenda pública. Por eso, para el viajero consciente es importante informarse sobre el contexto y apoyar iniciativas de comercio justo o cooperativas locales.

Santo Tomé y Príncipe: roças, historia y chocolate artesanal

Si se busca un viaje que aúne turismo e historia a la vez, Santo Tomé y Príncipe es el lugar ideal. El pasado colonial y la producción de cacao se entrelazan. Las famosas roças —antiguas plantaciones portuguesas— conservan casonas, capillas y maquinaria antigua. Muchas han sido parcialmente restauradas y ofrecen visitas guiadas que incluyen paseos por las plantaciones, demostraciones de fermentación y secado, y talleres de elaboración de chocolate artesanal. Aquí, el contraste con los grandes productores africanos es notable: la escala es menor, la experiencia íntima y el paisaje insular añade playas y selvas para completar la visita. Algunas roças también albergan restaurantes y pequeños hoteles, facilitando, así, otra forma de recorrer la isla.

Históricamente, la producción de las roças estuvo marcada por explotación y trabajo forzado. Tras la abolición de la esclavitud, muchos caboverdianos fueron obligados a trasladarse a estas islas para trabajar en las plantaciones de cacao, como canta Cesária Évora en «Sodade». Por eso, cualquier recorrido responsable por las roças y plantaciones debería incluir un reconocimiento de estas realidades y, si es posible, apoyar proyectos locales que promueven desarrollo sostenible y memoria histórica.

Café África

Otros actores y variantes regionales

Costa de Marfil y Ghana dominan la producción regional de cacao por su volumen y Santo Tomé y Príncipe guarda la historia de la llegada de este producto al continente. Sin embargo, países como Nigeria, Camerún, Sierra Leona o Guinea Ecuatorial y otros de África central y occidental también cultivan cacao y favorecen experiencias diferentes: desde mercados urbanos donde se vende manteca y nibs (el núcleo puro del cacao sin cáscara y sin azúcar), hasta fincas orgánicas y cooperativas que experimentan con variedades locales y mercados de alta calidad.

Sabores y talleres: qué probar y cómo vivirlo

Las manos y la lengua son las herramientas para vivir la experiencia del cacao en terreno. Probar una mazorca madura —carne blanca, jugosa y ácida— es una experiencia fresca y sorprendente antes de entrar en el mundo del amargor y del chocolate. La nariz funciona durante el proceso de fermentación: los alcoholes que se desprenden en ese momento embriagan el ambiente. Luego está el resultado final. Cada vez hay más talleres artesanos que elaboran chocolates. En muchos de ellos se puede experimentar todo el proceso para elaborar el propio producto, según el gusto del viajero. Es una experiencia que ayuda a concienciarse del mucho trabajo y sufrimiento que hay detrás de una barra de chocolate.

Turismo responsable: preguntas que hacer y buenas prácticas

El turismo asociado al cacao puede ser transformador, pero también tiene sus riesgos. Algunas preguntas útiles antes de adentrarse en las plantaciones pueden ayudar a evitarlos: ¿Se trata de cooperativas o compradores locales? ¿Una parte de lo que se paga por la visita se destina a la comunidad? ¿Se respetan horarios y costumbres locales? Además, de pagar un precio justo y buscar una experiencia educativa que acerque al viajero a la realidad del cacao es importante apoyar a las pequeñas empresas chocolateras locales. Comprar tabletas de chocolate hechas en la región es una manera directa de impulsar la economía local.

Viajar para cambiar

Viajar tras el cacao es viajar entre contradicciones: riqueza aromática y belleza natural frente a dinámicas económicas complicadas o arquitectura colonial que fascina y avergüenza a la vez por su pasado. Pero también es un viaje que ofrece encuentros humanos potentes: pequeños productores que conocen cada árbol, artesanos que convierten granos humildes en chocolate fino y comunidades que buscan formas más justas de participar en una industria global. Si se viaja con curiosidad y responsabilidad, las plantaciones africanas de cacao dejarán en el viajero algo más que recuerdos: comprensión, sabor y posibilidad de apoyar cambios reales.

Texto: Chema Caballero

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