Cada vez estoy más convencido de que mi concepción aconteció sin concurso de varón. El señor que consta en mis documentos oficiales como mi padre, el que me dio el apellido y me impuso el nombre de su padre (que también era, casualmente, el del padre de mi madre), no tuvo nada que ver con mi nacimiento. Y es que el mismo día de mi concepción era asesinado, en la hoy República Democrática del Congo, con el beneplácito de la CIA y de los servicios secretos belgas, Patrice Lumumba, elegido, pocos meses antes, en las elecciones que llevaron a la independencia del Congo belga, primer ministro del país. Y no sé cómo, pero los genes de Lumumba viajaron hasta La Serena extremeña y de aquel periplo nací yo.
Esto no lo cuento tan explícitamente en ‘El bebedor de cerveza (más de 30 años recorriendo los caminos de África)’ (Libros de las Malas Compañías, 2025), pero lo insinúo. La razón es que sé que mi madre terminará leyendo el libro y no quiero tener una nueva bronca con ella.

Con esta herencia genética, no cabe duda de que estaba destinado a terminar en África. Y, por mucho que me resistiera a este sino, al final, aterricé en el aeropuerto de Lungi, Sierra Leona, un 1 de octubre de 1992. Claro, que entre mi concepción y mi llegada, yo había crecido y me había formado en una España que salía de una atroz dictadura. En un Madrid donde el mismo año que empecé el instituto murió el dictador. Y se destaparon las ganas de vivir y de libertad y de movida, que al final fue un timo que solo disfrutaron unos cuantos niñatos con dinero, algunos buscavidas y un notario de Pamplona. Mientras, los gritos de Tarzan, las imágenes de la Guerra de Biafra, las hambrunas de Etiopía, los conciertos de Live Africa, el peinado de Lady Di o la película de Memorias de África, llenaban mi espíritu de tópicos, clichés y estereotipos sobre el continente negro. Todo ello se sumaba al trauma infantil propiciado por mi madre, que cada vez que me negaba a probar su bacalao, me soltaba aquello de ‘piensa en los negritos de África que no tienen nada que comer’.
Y así, con esta mochila colgada del corazón, bajé yo las escaleras del avión aquel lluvioso primero de octubre de hace ya 33 años. Y me costó mucho esfuerzo desprenderme de ella.
También, de esa herencia genética me viene el haberme dedicado toda la vida a luchar por la justicia, la paz y los derechos humanos. Aunque, mirando atrás, soy consciente de que poco he conseguido en esos campos. Pero eso no me frustra, me impulsa a seguir intentándolo.
Por eso me identifico con muchos de los héroes de los cuentos iniciáticos africanos. Aquellos que los maestros iniciadores relatan a los jóvenes que van a pasar de la infancia a la edad adulta en las profundidades de las selvas africanas. Relatos que son una metáfora de la vida. Historias que quieren hacer consciente al oyente de que la propia existencia no deja de ser un largo viaje lleno de pruebas, al que se enfrenta solo y con las manos desnudas. Ogros, fetiches malignos, trampas o animales peligrosos le saldrán al encuentro y él tendrá que vencerlos. Al final, solo las amistades hechas, la bondad mostrada, la sabiduría acumulada y la astucia adquirida, a lo largo de ese caminar, ayudarán a llegar hasta el final.

Yo he recorrido ese camino. No me he confrontado con ogros, fetiches malignos o animales peligrosos (aunque un poco de todo eso sí he encontrado). Yo he tenido que enfrentarme a esos estereotipos y clichés con los que llegué a África y deshacerme de ellos. Una contienda que no ha sido nada fácil. Una vez vivida la catarsis, ahora puedo ver el continente africano como realmente es y atreverme a hablar con él.
Por mucho que algunos nostálgicos se empeñen en regresar al tiempo de los grandes imperios africanos, al esplendor de sus reyes y emperadores, África no puede mirar al pasado. El encuentro con Occidente la ha cambiado y algo nuevo ha surgido de ese choque. Siglos de secuestro de africanos para ser esclavizados y trasladados al otro lado del Atlántico, años de colonización y de imposición de leyes, costumbres y religiones extranjeras, las oportunidades perdidas con las independencias cuando los nuevos líderes, títeres de los colonos, reescribieron la historia para perpetuarse en el poder… hacen que sea imposible que las cosas vuelvan a ser como fueron en un tiempo pretérito. Pero de ese choque también han salido cosas muy buenas. Para descubrirlas hay que leer el libro.
África necesita una revolución que sacuda sus cimientos y le otorgue el puesto que le corresponde en el mundo actual. No serán los políticos, ni las religiones, ni la ayuda al desarrollo, ni las ONG y sus programas de asistencia los que cambien África. Serán sus jóvenes, cada vez más formados e informados, y sus mujeres, con sus emprendimientos, los que lo consigan.
Yo tengo la suerte de recorrer los caminos de África y ser testigo de estos cambios. Me gusta sentarme en los maquis y bares locales a degustar una cerveza y conversar con los paisanos para enterarme de lo que realmente sucede allí. Eso también lo llevo en los genes. No en vano, uno de los muchos trabajos que Lumumba realizó para sobrevivir fue el de vendedor de cerveza.
Y sigo caminando, como lo hizo Padre de los dioses que todo lo puede en este mundo hasta que encontró a su sangrador de vino de palma y pudo regresar a su casa lleno de sabiduría. Yo todavía no he tenido esa suerte, por eso no puedo detenerme y continúo buscando, andando, con ansia, para poder un día regresar a la Itaca de la que salí cuando tenía 13 años.

Esta es la historia que cuento en este libro, ‘El bebedor de cerveza (más de 30 años recorriendo los caminos de África)’. Y lo hago porque sentía la necesidad de compartir estas experiencias, por eso lo escribí. Pero no he sido capaz de narrarlas de una forma sistemática. Aparecen esparcidas por sus páginas con la intención de que el lector coja lo que mejor le convenga y con ello se cree su propia historia.
TEXTO y FOTOS Chema Caballero




BONIFACE OFOGO NKAMA dice
Me has inoculado las ganas de leerlo. Lo voy a pedir inmediatamente. Muchas gracias Chema.
Rift Valley dice
Gracias a ti Boniface. También tenemos tus libros entre nuestros favoritos. Un honor que te guste la última obra de Chema.