Cuenta la leyenda, que en un pasado remoto los primeros Karo llegaron hasta el Valle del Omo en Etiopía, siguiendo los pasos de un toro rojo. Sin embargo, no ha sido ese el aspecto que ha guiado las miradas de medio mundo hasta esta etnia sino su gusto por la belleza corporal. Podemos afirmar que encarnan uno de los patrones de belleza humana más espectaculares de la Cuna de la Humanidad.
Una fama internacional adquirida por el uso que hacen de pinturas naturales extraídas de sales, arenas, minerales y piedras con las que pintan sus cuerpos y caras. Patrones de puntos y líneas blancas con las que evocan el plumaje de las gallinas de nueva guinea. Un arte que se amalgama con las escarificaciones corporales que en el cuerpo de la mujer ensalzan la fertilidad y en el del hombre los enemigos abatidos.
Un pueblo anclado en un pasado supersticioso, en el que aún practican la tradición mingi. Una costumbre por la que los gemelos recién nacidos, los niños a los que los dientes les crecen de forma errónea o nacen con el labio leporino, son sacrificados. De lo contrario, la mala suerte y la desgracia caerán sobre la aldea trayendo consigo la desgracias a sus habitantes.
