Estéticamente guardan muchas similitudes con la etnia mursi pero no son mursi. Al igual que ellos, las mujeres portan platos labiales y celebran una lucha con grandes palos, similar al Donga, llamada Saginé. Una batalla feroz que sirve para que los jóvenes abandonen la adolescencia, abran las puertas de la madurez y se ganen con valentía el corazón de una mujer surma.
Asentados al oeste del río Omo, en un ecosistema de pequeñas colinas, los surma forman un grupo social integrado por 3 etnias llamadas: chai, timaga y suri baale. Son expertos agricultores pero sobre todo experimentados comerciantes. Históricamente han protagonizado la compra venta de oro, marfil, pieles de leopardo, carne de caza, munición y armas.
Profundamente apegados a sus cabezas de ganado, los surma viven por y para sus reses. Unos animales a los que no matarán, a menos que se trate de una cuestión de vida o muerte o que un sacrificio deba ser llevado a cabo para oficiar un importante ritual. A cambio, vacas y toros compartirán su sangre con los surma durante la estación seca, proveyéndoles de la energía necesaria para superar los meses de mayor necesidad.
Practicando un suave corte en la yugular, los surma beben la sangre del ganado antes de volver a cerrar la herida para que la res siga con su vida de forma natural. Una etnia que ha nacido para sobrevivir y vivir en el Valle del Omo en Etiopía.
