Aquí termina el mundo conocido y te adentras en la aventura

¿Cuál es el espacio natural que más te gusta de Kenya? Ésta es una de las preguntas que más a menudo me hacen los viajeros y para una apasionada de la naturaleza y los animales, como soy yo, tal vez la más difícil de responder. Porque todos los parques son especiales y diferentes. Y cada safari, una experiencia nueva, singular e irrepetible.

paisaje Samburu
Foto: Muntsa Colell

Pero es cierto que tengo predilección por Samburu. Es una pequeña reserva natural de difícil acceso, alejada de las rutas turísticas más habituales, en el centro-noreste del país. Nunca olvidaré la primera vez que la visité. En mis viajes siempre tomo notas de campo y al releerlas, he sentido de nuevo la emoción que me asaltó cuando recorrimos Samburu durante tres días, tan intensos, que si cierro los ojos aún veo las hembras de avestruz somalí en corro bebiendo agua, turnándose para vigilar, los ojos brillantes de los cocodrilos sumergidos y los elefantes alejándose hacia la calima de un ocaso encendido, en un paisaje casi apocalíptico de palmeras dispersas, matorrales bajos y árboles secos.  

Veníamos de Nakuru, uno de los parques nacionales más conocidos y concurridos de Kenya. Nakuru recibe el nombre del lago salino que ocupa una gran superficie del parque, muy famoso por las bandadas de flamencos que se reúnen allí para alimentarse.

Es un espacio natural precioso: las orillas del lago centellean por los depósitos de sal, son numerosos los bosques de acacias y de árboles candelabro y, aunque es un parque de dimensiones reducidas, acoge a numerosas especies animales y vegetales, de modo que, desde los miradores de los altozanos y colinas que puntean el paisaje, da la impresión de estar observando un trocito de paraíso. Pero tal vez porque es el único parque nacional limitado por una alambrada electrificada, que lo protege de los furtivos e impide la salida de los grandes mamíferos, Nakuru parece menos salvaje. No lo es, claro. En su interior alberga a grandes felinos como leones y leopardos, y mantiene una población estable de rinocerontes blancos. Además, es una de las áreas naturales de África donde es posible avistar un mayor número de especies de aves. Nakuru es el parque de los verdes, del rosa de los flamencos, del azul del lago y el amarillo de la corteza de las acacias. Un área controlada, segura.

grullas coronadas
Foto: Toni Espadas

Y entonces, llegas a Samburu. Si Nakuru son los verdes de los bosques claros, Samburu son los ocres de la sabana arbustiva. El cambio de paisaje es abrumador, como si hubiésemos entrado en un mundo diferente, más salvaje e inhóspito. Hace calor en Samburu, y el paisaje, salpicado de palmeras duma, tiene algo de irreal. Ya el acceso a la reserva es singular. A ello contribuye el cartel desvencijado que proclama que, si cruzas la entrada, asumes tu propio riesgo; algo así como ‘aquí termina el mundo conocido y te adentras en la aventura’. Las puertas son unos bloques de piedra pintados con el patrón geométrico de la piel de las jirafas reticuladas, una de las especies estrellas del parque.

Y también uno de los animales que más ansiaba encontrar. No en vano he dedicado mucho tiempo a estudiar el comportamiento de las jirafas. Hasta hace poco se creía que, como el resto de los ungulados, eran animales con unas capacidades cognitivas más bien limitadas. Nada más lejos de la realidad. Hoy sabemos que son capaces de discriminar entre cantidades, de recordar dónde se encuentran objetos escondidos, de calcular proporciones. Forman sociedades de fisión fusión, como las de los chimpancés, de modo que pueden permanecer juntas durante un tiempo, luego separarse y volverse a encontrar al cabo de semanas o meses y seguirán recordando su pertenencia al grupo, quién es cada una de ellas y qué relaciones mantienen entre sí. Y, además, las jirafas de Samburu son magníficas, con un patrón de dibujo prístino y regular sobre la piel clara.

jirafas Samburu
Foto: Muntsa Colell

Pertenecen a una especie diferente de las que se encuentran en Nakuru y Masai Mara, y sus poblaciones en libertad son mucho más reducidas. Se las llama también jirafa somalí, porque viven en este país y también en Etiopía.

Nada más llegar, después de estar observando un buen rato a un grupo de papiones, muy numerosos en Samburu, tuvimos nuestro primer encuentro con ellas. Vimos varias jirafas comiendo flores de acacia, y poco después pudimos observar una secuencia completa de cortejo, con el macho oliendo la orina de las hembras para comprobar su disponibilidad e intentar un acercamiento sexual.

Pero la jirafa reticulada es solo una de las cinco especies por las cuales Samburu se considera una reserva especial. Las otras cuatro son el órix beisa, el gerenuk, la cebra de Grevy y el avestruz somalí.

Todas ellas presentan adaptaciones singulares que les permiten sobrevivir en zonas áridas y no se encuentran en los parques del sur de Kenya. En Samburu son especies comunes, y es todo un privilegio poder comparar sus comportamientos y sistemas sociales con los de especies próximas (cebras de llanura, jirafas masai, avestruces, gacelas de Thompson y de Grant) que habitan en Masai Mara y en Nakuru, ya que son completamente diferentes.

Samburu cebra
Foto: Muntsa Colell

En ese primer safari, pasamos largo tiempo observando a las gerenuk o gacelas jirafas. Como el entorno es muy seco y no hay hierba ni matorrales bajos, las gerenuk se ayudan de sus largos cuellos y se ponen literalmente de pie para comer las hojitas de arbustos y árboles.

Samburu gerenuk
Foto: Muntsa Colell

Los dic-dic también son muy abundantes. Por doquier se pueden encontrar montañitas de excrementos muy bien dispuestos que nos indican que estamos en el territorio de una pareja. Con su hocico acabado en una trompita móvil, un mechón de pelos entre los cuernos, formando una cresta, y un tamaño similar al de un conejo, son uno de los antílopes estrella del safari. Además de ser graciosos y fotogénicos, tienen una serie de adaptaciones conductuales relacionadas con la dieta y la estructura social que los hace muy interesantes. Lo mismo ocurre con las cebras de Grevy, que son muy territoriales y forman grupos reducidos, al contrario de lo que ocurre en las mucho más numerosas cebras de llanura.

En la sabana arbustiva nos cruzamos con varios órixs. No te das cuenta de su tamaño hasta que los comparas con otros ungulados.

Samburu oryx y elefante
Foto: Muntsa Colell

Los órixs beisa están perfectamente adaptados a los ambientes áridos y pueden pasar largo tiempo sin beber, como los dic-dic y los gerenuks.

De todos modos, la orilla del río Ewaso Ng’iro, es un buen lugar para observar tanto a los depredadores como a sus presas, cuando acuden a beber. Allí fue dónde pudimos avistar nuestro primer leopardo, una hembra joven que descansaba en la copa de una acacia.

leopardo Samburu
Foto: Muntsa Colell

No fue el único que vimos. Samburu es uno de los parques de África dónde las posibilidades de observar este felino tan esquivo son mayores.

También es el parque de los amantes de las historias basadas en hechos reales. Allí Joy y George criaron y liberaron a Elsa, la leona protagonista de “Nacida Libre” y es dónde transcurre la historia de la novela “La masái blanca” y el libro homónimo.  También en Samburu han ocurrido adopciones excepcionales, como las de una leona que en repetidas ocasiones se hizo cargo de crías de órix huérfanas.

A nosotros, en ese primer safari, Samburu también nos regaló algo especial. Era tarde y ya íbamos de regreso al lodge, cuando descubrimos huellas recientes de leones y nos detuvimos para observar la distribución y proporciones. Al improviso, apareció una leona entre los arbustos. Cruzó por delante de nuestro coche y se quedó parada, girando la cabeza hacia los matorrales, abriendo la boca y emitiendo un gañido. Tres cachorros de león aparecieron entre las matas, moviéndose con torpeza, medio arrastrándose, medio saltando, hasta alcanzar a la madre que seguía sin moverse, insistiendo en la llamada. Hasta que volvió sobre sus pasos y se internó de nuevo en la maleza. Cuando salió llevaba a un cuarto leoncito agarrado por la nuca. Y ahora sí, cruzó el camino hasta desaparecer entre los árboles próximos, seguida de sus tres cachorros.

cria leona samburu
Foto: Muntsa Colell

Aquel día, durante la reunión diaria, hablamos de los cuidados maternales que las leonas prodigan a los cachorros del clan, cómo los amamantan aunque no sean suyos, la organización de turnos de guardería y caza, y nos preguntamos sobre cuál podía ser la razón que había llevado a esa madre en concreto a trasladar a sus pequeños a un lugar más seguro.

Siempre que regreso a Samburu, recuerdo esa leona con sus crías, tan pequeñas. Y me pregunto cuántas sobrevivieron. Y me gusta imaginar que quizás una de ellas sea ese macho de león medio escondido entre la hierba alta, o una de las leonas que se prepara para cazar un impala, atenta a los movimientos de las otras hembras del clan.

Y lo mejor de todo es saber que la vida sigue, en Samburu, esperando a sorprendernos y a hacernos sentir parte de ese mundo natural que también es el nuestro, aunque a veces lo olvidemos. 

Texto: Muntsa Colell Mimó

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