La vida de la sabana africana

Todos los que hemos sentido alguna vez la llamada de África hemos soñado con atravesar la sabana del continente negro… y algunos hemos hecho realidad nuestro sueño. Recuerdo la primera vez (1992) con qué ansiedad iba observando y clasificando las distintas especies, todas nuevas para mí, y si conseguía una foto buena, ya era lo máximo. 

Hay cuatro tipos fundamentales de sabana de frondosidad creciente: la herbácea, la arbustiva, la arbolada y el bosque sabanoide. Mis primeros viajes fueron a Sudáfrica, en concreto al Kruger National Park, que precisamente acaba de cumplir 125 años, siendo el más antiguo del continente y el 2º del mundo, después de Yellowstone. Pues bien, allí hay gran variedad de ecosistemas sabanoides, por lo que la biodiversidad es muy alta, pero predominan los arbustivos y arbolados. Es decir, que se ven muchas especies de mamíferos (hay 150) y aves (500), que con frecuencia están entre la vegetación, lo que permite captar imágenes preciosas del ejemplar en su entorno.

Posteriormente, visité Namibia, el Kalahari, Tanzania, Kenya, … y allí pude disfrutar de la sabana herbácea, que tiene dos particularidades esenciales: por un lado, una menor diversidad de especies y, por otro, una gran visibilidad, lo que permite divisar los animales desde muy lejos y acercarse a los que te interesa.

Masai Mara

La primera sensación que tuve en este ecosistema es que era un “mar de hierba”; un mar inmenso de hierba en todas direcciones -y hasta donde llega el horizonte- que deseas cruzar para ir viendo lo que sucede en él. La gran ventaja es que te puedes acercar mucho y, al haber pocos obstáculos, vives la escena de primera mano, casi participando en el comportamiento, aunque sin interferir, claro, una norma sagrada de todo fotógrafo respetuoso. Así, puedes acompañar a los leones, leopardos, hienas, rinocerontes… cuando van a beber, a subirse a un árbol, a comer, a jugar entre sí, a cazar una presa…

En concreto, en Masai Mara nos ocurrió la siguiente aventura. Estábamos atravesando la sabana cuando vimos en la lejanía unas siluetas; en cuanto distinguimos que eran búfalos, íbamos a pasar de largo, pero entonces me extrañó que ¡solo eran tres! Esto me llamó la atención porque se trata de un animal que suele ir en manadas y no pequeñas, ya que precisamente protagoniza la mayor concentración de grandes mamíferos del planeta. Por ello, nos acercamos y apreciamos que eran tres grandes machos; el resto de la manada se adivinaba a lo lejos. Y los tres estaban mirando en la misma dirección.

sabana africana

Lógicamente, nos dirigimos hacia allí y no veíamos nada: solo hierba y más hierba… hasta que por fin apreciamos lo que parecía la cabeza de “algo” que sobresalía. Entonces los teleobjetivos nos ayudaron porque al ver ampliada la imagen en la pantalla nos dimos cuenta que era una leona. Inmediatamente rastreamos con nuestra mirada toda la zona: ¡otra cabeza!, otra, otra… ¡hasta siete contamos!

leonas en la hierba sabana africana

Todas estaban mirando los búfalos, los cuales defendían su manada, en una evidente estrategia de caza. Sin embargo, el guía massai nos advirtió, sabiamente, que no veríamos la caza porque el sol ya se posaba en el horizonte y las leonas estaban esperando la noche cerrada para aprovechar la ventaja de la excelente visión nocturna de los felinos.

leones sabana africana

El argumento nos convenció y decidimos ir a la búsqueda de los machos, ya que allí no había ninguno. Y así fue cuando localizamos al resto del grupo: los machos estaban patrullando alrededor de los más jóvenes y jugueteaban con ellos.

leonas sabana africana

Así, con los últimos rayos de sol pudimos “formar parte” de la manada disfrutando de su comportamiento: los cachorros se perseguían entre ellos, mordían las orejas de los mayores, les tiraban de la cola… hasta que la luna cerró la función y regresamos al campamento.

familia leones sabana africana

Al día siguiente, nos pusimos en marcha antes del amanecer para ir a la zona, donde comprobamos que, efectivamente, se había producido la caza, pues localizamos los cadáveres de los tres búfalos. A uno de ellos nos pudimos acercar y disfrutar del colofón de la aventura: seis integrantes de la manada estaban dando buena cuenta del medio búfalo que quedaba. Inicialmente parecían solo hembras y jóvenes, pero de vez en cuando asomaba un enorme macho que, con un bramido, dejaba claro quien estaba al mando. A modo de despedida, una hembra se nos acercó hasta estirarse a un metro de nuestro jeep, intentando descansar, aunque por poco tiempo, ya que un cachorro enseguida acudió a retozar con ella con infinitos arrumacos. En fin, el final feliz de una experiencia que nos hizo sentir como un pedazo de naturaleza en plena sabana.

Texto: Albert Masó
Fotos: Albert Masó

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