Se trata de la capital de la Iglesia Ortodoxa y de una de las ciudades más importantes de la región del Tigray. Es para muchos la ciudad más sagrada de Etiopía y no es para menos. Alberga una larga historia que se remonta hasta el siglo I, cuando ostentaba el título de capital del Reino de Aksum. Un imperio que abarcaba desde Yemen hasta el actual Sudán del Sur.
Hoy representa un enclave arqueológico de incalculable valor. En ella han sobrevivido al paso del tiempo los monolitos tallados más grandes del mundo. Estelas de hasta 35 metros de altura que comparten un espacio cercano a la Iglesia de Nuestra Señora de Sion, templo en el que se supone que permanece custodiada el Arca de la Alianza. Dos tesoros de un pasado que también se mantiene vivo a través de los restos del Palacio de la Reina de Saba, el gran relieve rupestre de la Leona de Gobedra, la Tumba del Rey de Bazen o la imponente Piedra de Ezana. Una gran roca tallada, que cuenta cómo fue la conversión del rey Ezana al cristianismo.
Una ciudad con memoria, en el extremo norte de Etiopía, que alcanza su máximo esplendor durante la celebración de los rituales del Timkat y el Maryam Zion.
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