La cuarta ciudad santa del islam. Un entramado de callejones angostos, formados por paredes rosas, azules y verdes presas de en un inquietante silencio, que desembocan en un alborotado mercado invadido por el aroma del café. La antesala a un tráfico caótico de tuc-tucs, que fluye sin cesar bajo los arcos de las puertas sagradas de esta ciudad única en el mundo por venerar a las hienas moteadas.
Una urbe amurallada que arrastra una historia casi mágica, propia de un pasado remoto, en la que un sultán ofrecía cada año un cuenco de ganfo a las hienas que cada noche abandonaban los bosques para recorrer las calles de Harar. Ritual con el que aquel noble era capaz de predecir los infortunios y las bondades que el futuro deparaba a sus ciudadanos, leyendo el rastro de avena que quedaba en el cuenco tras el salvaje banquete.
A día de hoy, las hienas siguen tomando cada noche las calles de Harar en Etiopía. Avanzando a hurtadillas, aprovechando la quietud nocturna del mercado, en busca de los restos de carne y basuras resultantes tras el comercio diurno. Un servicio de limpieza con el que conviven orgullosos los miembros de la etnia Oromo de esta ciudad santa. En la que incluso algunos, como Yusuf Mumé, se atreven a alimentarlas con sus propias manos.
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