Marrakech, fundada en 1070 por los almorávides, fue durante mucho tiempo un centro político, económico y cultural en Marruecos. Su influencia se hizo sentir en todo el mundo musulmán occidental, desde el norte de África hasta el Alándalus. De esta época provienen varios monumentos impresionantes: la mezquita de la Kutibia, la alcazaba, las almenas, las puertas monumentales, los jardines, etc. Entre las joyas arquitectónicas posteriores se encuentran el palacio de Bandia, la madrasa de Ben Youssef, las tumbas saadíes, varias grandes residencias y la plaza Jamaa El Fna, un auténtico teatro al aire libre.
Por su concepción aún protegida, original y bien conservada, por sus materiales de construcción y decoración en constante uso y por su entorno natural (en particular los Jardines de Aguedal, Ménara y el Palmeral), la Medina de Marrakech posee todos sus componentes iniciales tanto culturales como naturales que ilustran su valor universal excepcional.