Humanos contra humanos

Compartimos con ellos más del 98% de nuestro ADN. Sus brazos, piernas, narices, orejas, bocas y ojos delatan la ineludible realidad de que son nuestros parientes más cercanos. Al igual que nosotros, aman, ríen, lloran y se enfadan. Cuidan de sus seres queridos, defienden a sus familiares y amigos de cualquier amenaza, respetan a sus mayores, trabajan en equipo para sobrevivir y llegada la noche construyen una cama sobre la que conciliar al sueño. Si cerramos los ojos y dejamos volar nuestra imaginación, puede que nos llevemos una gran decepción y que lo único que visualicemos en nuestra mente sea la imagen de una persona. Un ser humano.

Sin embargo, da la sensación de que muchas veces la empatía de nuestras sociedades modernas hacia la naturaleza salvaje haya quedado en un segundo plano. Por no decir en una tercera, cuarta o quinta posición. Es la conclusión a la que uno llega cuando descubre el incierto futuro que afrontan las poblaciones salvajes de chimpancés. La deforestación y la agricultura extensiva reducen cada día más los ecosistemas forestales en los que habitan, empujando a muchas familias a buscar un nuevo hogar y a entrar en conflicto directo con las poblaciones humanas. En países como República Democrática del Congo, Camerún, Gabón o República Centroafricana, la carne de chimpancé forma parte del compendio culinario consumido tradicionalmente por la gente local. Y por si fuera poco, habitualmente la caza furtiva que se lleva a cabo para tal fin, deriva en una actividad cuya última responsabilidad recae fuera de las fronteras africanas: el tráfico ilegal de especies.

   

Cuando cazadores furtivos abaten a una hembra de chimpancé, su bebé permanece en el lugar  del crimen junto al cadáver de su madre. Es el premio doble para los autores del asesinato. La carne de la madre será vendida en los mercados y la cría de chimpancé entrará en el circuito internacional del comercio clandestino de especies. Así es como un chimpancé llega como mascota hasta las manos de aquellas personas que están dispuestas a pagar una gran cantidad de dinero para cumplir el deseo de tenerlo como mascota.   

Un proceso largo y tortuoso que somete al primate a una situación de estrés físico y mental que desemboca en un trauma difícilmente curable. A menos que tenga la suerte de caer en las manos adecuadas. Afortunadamente algunos son interceptados por las autoridades y trasladados a centros de rehabilitación en los que conservacionistas, primatólogas y veterinarios se entregan en cuerpo y alma para darles una segunda vida.

Es el caso del Centro de Rehabilitación de Primates de Lwiro. Un centro ubicado en la República Democrática del Congo, en el que más de 100 chimpancés han recuperado la sonrisa y han encontrado una nueva familia. Un orfanato en el que todos comparten un mismo pasado trágico y sueñan con volver algún día a los bosques para dar rienda suelta a su libertad. Una libertad de la que nos beneficiaremos todas y cada una de las personas de este planeta ya que los primates son uno de los principales dispersores de semillas de nuestros bosques. Ellos son algunos de los principales responsables de la perdurabilidad de las selvas y de la proliferación de algunas de las especies de árboles con mayor capacidad para absorber el monóxido de carbono de nuestra atmósfera.

Este post va dedicado a todos esos héroes y heroínas de la conservación que en lugares hostiles dedican sus vidas a la protección de la naturaleza. La demostración de que personas sencillas pueden hacer grandes cosas.

Aner Etxebarria

Interacciones con los lectores

Dejar un comentario

Solicitar información
Abrir chat
1
Hola, ¿necesitas ayuda?
Hola soy Tomás de Rift Valley Expeditions
¿En qué puedo ayudarte?