Regreso a Mgahinga

Durante mi vida he pasado muchas horas observando el comportamiento de los primates y otros animales. A veces me preguntan si no me resulta tedioso y siempre respondo lo mismo. Imposible, no hay nada que me guste más. Porque siempre hay algo nuevo que descubrir y es apasionante poder conocer cómo es el día a día de otras especies, salir de nuestro universo sapiens para percibir el mundo con otros ojos, orejas u hocicos.

Algo que me emociona es compartir esta experiencia con otras personas. Durante las observaciones el tiempo vuela y nos sentimos un eslabón más del continuum biológico, del que todas las especies del planeta formamos parte.

Es lógico que, cuando se trata de mamíferos, este sentimiento de proximidad sea mayor. Y más si son especies tan cercanas a nosotros como los grandes simios. Por ese motivo, una de las experiencias más sobrecogedoras de las que podemos disfrutar consiste en la observación de gorilas y chimpancés salvajes. Me entusiasma acompañar a grupos de viajeros a conocer estas especies en su hábitat natural. En Uganda, uno de los países más bellos de África Oriental, tenemos la posibilidad de observar grupos de chimpancés y gorilas de montaña en diferentes parques nacionales y compartir con ellos una hora de sus vidas, un auténtico privilegio.

Cada experiencia es única y todas de una intensidad que las hace inolvidables. En mis viajes a Uganda, siempre incluyo la visita al Parque Nacional de Mgahinga, situado en el extremo sudoeste del país, muy cercano a la frontera con Ruanda, al sur, y con República Democrática del Congo, al oeste. Se trata de un espacio natural único, que forma parte del ecosistema de los volcanes Virunga. Es un lugar de una belleza extrema. Como telón de fondo, los imponentes volcanes Muhabura, Gahinga, Sabinyo y Muside, y, más allá, los picos del Visoke y del Karisimbi. El trekking empieza muy temprano por la mañana. Tras una charla inicial y acompañados por un ranger y los porteadores que nos ayudan con las mochilas y en los tramos difíciles, nos adentramos en la selva, siguiendo las indicaciones de los rastreadores, que son quienes localizan al grupo. Durante el recorrido, las formaciones de bambú dan paso a un bosque de montaña antiguo, donde los helechos, los líquenes y los musgos son una presencia constante. Es un lugar tan mágico que casi deseas que el encuentro con los gorilas no sea inmediato, para poder disfrutar más tiempo de ese bosque extraordinario.

Mgahinga primates

En nuestra última visita, caminamos durante un par de horas.  Como siempre, éramos un grupo muy reducido, solo seis personas. El encuentro se produjo de forma inesperada, aunque sabíamos que estábamos ya muy cerca porque podíamos oler el olor acre que desprenden los machos adultos. El ranger nos indicó unas siluetas oscuras que se movían entre las ramas de los árboles, a poca altura, desplazándose en dirección a nosotros. Nos quedamos muy quietos, aguardando en silencio.

Un espalda plateada se deslizó por un tronco hasta el suelo y se paró a observarnos. Hizo un amago de amenaza, corriendo brevemente hacia nosotros y deteniéndose a un par de metros. Es una conducta habitual, cuyo significado viene a ser: “recordad que este es mi grupo y mi espacio y yo soy muy fuerte”. Son cargas bluf, pero impresionantes, porqué cuando las realizan, los machos, que pueden llegar a pesar más de 200 kilos, erizan el pelo, se yerguen, se golpean el pecho y cargan a toda velocidad contra su objetivo… sin llegar a tocarlo. Tranquilo ya, y nosotros muy sumisos, el macho se echó en el suelo y poco a poco todo el grupo nos rodeó. La normativa manda que se mantenga una distancia mínima de diez metros con los gorilas. Pero ellos no lo saben y, a menudo, se aproximan tanto que te sientes uno más del grupo.

Esto fue lo que ocurrió. En una de las horas más cortas de nuestra vida, fuimos observadores favorecidos de la familia Nyakagezi, el único grupo de gorilas salvajes habituado del Parque Nacional de Mgahinga. Pudimos ver a todos sus integrantes: nueve gorilas en total. Tres machos adultos de espalda plateada, un macho adulto de espalda negra, dos hembras adultas, dos juveniles (macho y hembra) y una hembra infantil. Es un grupo que conozco bien, por visitas sucesivas y me encanta ver cómo siguen, los cambios que se han producido en su dinámica social o, como en esta ocasión, conocer a un miembro nuevo, el pequeño Ndiza, una cría de poco más de un año.

cría de gorila

En este encuentro en concreto, vimos tantas conductas que la reunión posterior fue una fiesta de recuerdos, preguntas e impresiones. Una de las hembras se entretuvo pelando una rama con destreza, mordiendo los extremos y comiéndosela con fruición.

gorila

La otra hembra adulta también pasó un buen rato alimentándose de hormigas, con una técnica propia: apoyaba la mano cerrada en un puño cerca de la entrada del hormiguero, y dejaba que los insectos le subiesen por el antebrazo, para poder recoger un buen puñado con los labios. Como los gorilas tienen la piel dura, aunque las hormigas los muerdan, no les hacen daño. Por eso, normalmente no utilizan instrumentos para conseguirlas, como sí hacen los chimpancés en algunos lugares. El macho joven de espalda negra estuvo jugando con el macho infantil durante mucho rato. Las señales de juego eran evidentes, ambos abrían la boca y emitían un jadeo similar a nuestra risa.

gorila enfurecido

Se empujaban, se mordían, rodaban por el suelo.  Durante el episodio, el macho y la cría acabaron remedando una cópula. En gorilas de montaña la conducta homosexual se da tanto entre machos como entre hembras. Además de pasárselo bien, les sirve para fomentar y mantener los vínculos entre los individuos. También, en el caso de los juveniles, es una conducta lúdica que les sirve para aprender cómo se hace.

Algo que siempre es muy interesante es la disposición de los individuos en el espacio. Con solo ver cómo se sitúan en los momentos de descanso y alimentación, como es el caso que describo, se puede determinar cuales son las relaciones de estatus, la función que cada individuo cumple en el grupo o la intensidad de los vínculos entre ellos. Una de nuestras viajeras definió ese espacio como “la plaza” y me pareció apropiadísimo. Los machos de espalda plateada, tranquilos, situados en lugares estratégicos, los tres dormitando y comiendo; el macho más dominante en el centro, jugando con la cría más pequeña, siempre a su vera, el menos dominante algo alejado del resto; los juveniles, que no paraban de moverse y de buscar la interacción; las hembras adultas comiendo sin prisa, observando a su alrededor, relajadas, y adormeciéndose a ratos. Al principio, una de ellas nos indicó claramente cuál era nuestro lugar. Se acercó y nos hizo un gesto con la mano, empujándonos gentilmente. Nos apartamos para mantener la distancia y poder observarlos con atención y respeto. No había inquietud en el grupo, ya no estaban atentos a nosotros.

familia gorilas

Alguien lloró de emoción al verlos, como suele ocurrir. Y cuando les dimos las gracias y nos fuimos, no querríamos haberlo hecho. El ranger te advierte, quedan diez minutos, cinco… y echas la última mirada, sintiendo ya que la nostalgia te abruma, consciente de que no vas a olvidar nunca ese encuentro con uno de nuestros parientes más cercanos. En uno de esos momentos especiales de comunión con la naturaleza, te sientes llena de vida y entiendes mejor por qué todos formamos parte del mismo planeta y de la misma familia.

pareja de gorilas

Cuando estoy en Barcelona, a veces pienso en los gorilas de Mgahinga y me reconforta pensar que ellos siguen ahí, un testimonio vivo que nos ayuda a entender nuestros orígenes y un legado irremplazable que debemos conservar para las nuevas generaciones.

Texto y fotos: Muntsa Colell Mimó

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Comentarios

  1. Un article molt xulo, al igual que la experiencia de poder veure aquets “parents” i gaudir de les explicacions de la Montse.
    Un viatge d’autor molt recomenable com d’altres que realitza.

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