La vida bajo la custodia del Volcán Muhavura – Parte 2

La vida al pie de Muhavura y la visita al Top of the World

El día de tregua después de subir el volcán Sabinyo duró poco cuando bajé a hacerle compañía a Albert mientras cocinaba su famosa sopa, esta vez de calabaza, y su pan de ajo sin el que yo ya no podía vivir. Mi intención, como todas las noches cuando ya el pueblo dormía, era charlar un rato y seguir avasallándole a preguntas sobre las cosas sobre Uganda y la región de Kisoro que me faltaban por conocer. Se aguantó la risa cuando me vio aparecer en el estado en el que me encontraba después de la “excursión” del día anterior, mientras su sonrisa se ensanchaba y me decía que tenía un plan para nosotros para el día siguiente.

Llevaba unos días allí y habíamos hecho muy buenas migas, así que quería presentarme a sus amigos y que me uniera a sus planes del día siguiente. Le hacía ilusión que conociera un poco de su hogar, de la vida al pie de esas montañas, me dijo.

volcán Muhavura Uganda
mgahinga Uganda

Así que ahí estaba yo la mañana de después, subida en un boda boda que nos llevaba al lodge en el que estaban trabajando sus amigos y un poco expectante por lo que me pudiera encontrar. ¿Les caería bien a sus amigos? Pero fue el primer pie en ese lugar y se me pasaron todos los nervios que podía tener.

Cuando aquella pequeña familia que dirigía la construcción del impresionante lodge al pie de los volcanes me recibió, me hicieron sentir, de alguna manera, acogida en ese lugar a medio construir. Menos la niña de uno de ellos, de unos 2 años, que me miraba cautelosa desde detrás de las piernas de su padre. Ni que decir tiene que a los 10 minutos ya éramos inseparables.

lodge Mgahinga Uganda
mhaginga Uganda

Después de un rato visitando el lugar y contándome todos sus planes, me invitaron a acompañarles en los compromisos que tenían ese día. Me explicaron que eran cosas de trabajo, como excusándose por no poder ofrecerme ningún plan mejor, pero para mí poder conocer su día a día me parecía un regalo.

Laban, uno de los amigos de Albert, ya me esperaba en el coche para llevarme a la escuela que había construido con el dinero que daba el turismo. Tenía que supervisar algo allí y me había preguntado si quería ir con él a conocerla. ¿Que si quería ir? Me moría por conocer el proyecto que había creado.

Como guía de viaje, había comenzado esta escuela con las donaciones que hacían los viajeros que pasaban unos días en la ciudad con él. Me enseñó el cole, me presentó a todas las niñas y niños, pasando clase por clase para saludarles, y nos sentamos a comer junto a los profes mientras me contaban cómo funcionaba todo y chismorreaban entre ellos sobre el trabajo.

Y, como era viernes, cuando terminamos de comer nos fuimos todos al campo de fútbol. El partido de profes contra alumnos era parte de las actividades semanales del colegio. Algo que les unía y enseñaba cosas más allá de las clases, decía Laban mientras les observábamos jugar desde una sombra, tirados en el césped. Y yo me sentía muy afortunada de poder estar allí, aprendiendo con ellos.

Aunque ya empezaba a sentir ese cansancio feliz de saber que has disfrutado del día, Laban dijo que no podía irme a casa sin ver lo que en la zona conocían como el Top of the World.

top of the world Kisoro Uganda

Un lugar en la cima de una colina desde la que se veía el lago Mutanda y los tres impresionantes volcanes que se alzaban en el horizonte y que quitaban el aliento aun cubiertos por la bruma. Y, una vez más, Laban tenía razón. Era un lugar precioso.

Y allí, sentados en una roca mientras nos contábamos nuestra vida, vimos el atardecer.

volcanes Mgahinga Kisoro Uganda
top of the world Kisoro

Visita a la tribu Bafumbira

Convivía y trabajaba con personas de diferentes tribus en nuestra oficina de Entebbe, en Uganda, cada una con sus tradiciones, idioma y estilo de vida. Y, aunque me habían contado muchas cosas sobre su rutina en el pueblo antes de mudarse a la ciudad, yo tenía muchas ganas de verlo con mis propios ojos.

De las casi 80 tribus que existen en Uganda, los Bafumbira viven en la frontera con Ruanda, al sur oeste de Uganda, en los alrededores del pueblo de Kisoro.

Esta tribu era originaria de Ruanda, hasta que migraron a Uganda durante el genocidio de su país, siendo reconocida como tribu ugandesa años más tarde.

El idioma de los Bafumbira es el Rufumbira (el dialecto que se habla en Uganda que viene del Kinyarwanda, originario de Ruanda). Su cultura es también Kinyarwanda, que comparten con los Banyarwanda, con los que se les mezclaba antes de ser reconocidos como una tribu propia, y, en su globalidad, pertenecen a la etnia Bantu, la más numerosa de Uganda. Ale, ahí lo lleváis. También os digo que depende de a quién le preguntéis por esta información, porque cada uno tiene su versión de la historia. Por lo que a mí respecta, estas fueron mis conclusiones.

bafumbira kisoro
Bafumbira Kisoro

Laban pertenecía a esa tribu, por lo que conocía a una comunidad, amigos suyos de toda la vida, que mostraban y compartían al turista cómo era su día a día y tradiciones. La felicidad que vio en mis ojos debió de ser suficiente, porque no tardó en coger el móvil para avisarles de que iríamos al día siguiente.

Yo no sé qué me esperaba, pero desde luego no la fiesta que habían montado para darme la bienvenida. Siempre ha habido algo en las canciones que se crean únicamente con la voz y los tambores que me llena el corazón y me hace un nudo en la garganta. Parpadeé para retener las lágrimas mientras les sonreía agradeciendo la bienvenida que me habían dado.

Kisoro Uganda
danza en Bafumbira Isoro

Esa fue la primera cosa que me enseñaron ese día: esa canción no era simplemente de bienvenida, si no una forma de aceptarme en su comunidad, de darme permiso para compartir con ellos. Un poco de tregua, por favor, porque este paso se me iba a salir el corazón del pecho de lo fuerte que me retumbaba.

Con Laban como traductor (el Rufumbira se me venía un poco grande), me dieron la bienvenida y me contaron lo que íbamos a hacer durante la mañana: moler un poco de grano para enseñarme cómo hacer harina, separar las judías para la comida típica que probaríamos más tarde, y tejer unas alfombras que serían mis regalos de boda, la cual celebraríamos después.

Espera. ¿Mi boda? ¿Cómo que mi boda? Miré a Laban con los ojos muy abiertos y se rió de la cara de susto que debía tener. Ay, madre.

Moler el grano no se me debió de dar mal porque la señora que me enseñó me miraba riéndose y diciendo que yo ya había hecho eso antes, que no la engañara. La sonreí con suficiencia, bromeando. Minipunto para mí. Pero me bajaron rápido el ego al separar las judías de las ramitas y hojas con las que se mezclaban al recolectarlas.

Bafumbira Kisoro
actividades en Bafumira Kisoro

La técnica para hacerlo requería un ejercicio de coordinación que mi cuerpo se negó a realizar. Había que mover el cesto con las judías y las ramitas juntas en círculos para ir separándolas, mientras las lanzabas hacia arriba y soplabas para que los palitos y las hojas se volasen y quedasen solo las judías cuando volvieran a caer en el cesto. Buena suerte. Me dejaron varios intentos mientras intentaban darme consejos para hacerlo de forma correcta, pero cuando vieron que no había manera humana, fue su turno de agregarse el punto, mientras nos reíamos. Así que me quitaron amablemente el cestillo con las judías y me dijeron que mejor me enseñaban cómo tejer las alfombras.

Viaje a Bafumbira Kisoro
tejidos en Bafumira Uganda

La alfombra se me resistió también. Y el intentar llevar una cesta en la cabeza cuando simulábamos el día que ellas iban al mercado a comprar fruta, grano y telas. ¿Cómo sostenían estas cosas en la cabeza sin manos? Las manzanas que me había tocado llevar a mí rodaban por su interior de un lado a otro, haciendo que todos mis intentos de mover el cuerpo para compensarlo fueran en vano. Nos volvió a dar la risa con mi pobre intento de ser una buena señora del pueblo y decidimos que ya estaba bien. Así que se dispusieron a vestirme para mi casamiento.

famlia Bafumira Uganda

Yo seguía confiando en no haber oído bien. Sí, eso era. Había sido un pequeño error de traducción. No me iban a casar. ¿No me iban a casar, verdad? Madre mía.

Al parecer era solo un simulacro. Solo para mostrarme cómo sería una boda Kinyarwanda típica. No podían hacerla de verdad porque duraban semanas y yo no tenía tanto tiempo, me decían mientras me sonreían de medio lado, aguantándose la risa. Les dije que no me caían nada bien mientras me reía con ellas.

Para ese momento yo ya había perdido a Laban, que al parecer había sido el elegido para ser mi futuro marido, y las mujeres de la comunidad y yo ya habíamos visto que no necesitábamos un traductor para entendernos. Cada una hablaba en su idioma, pero qué más daba.

ritual boda Bafumira Kisoro
danza Uganda

Y ahí estaba yo, vestida de novia, subida en una especie de barcaza que se cargaron a los hombros como si fuera una procesión y me dieron un paseo por todo el pueblo mientras cantaban y bailaban a mi alrededor. Para que todo el pueblo se enterase de que me casaba, decían. Tierra, trágame.

Laban iba a mi lado, vestido de novio. Me miró medio avergonzado medio encogiéndose de hombros como diciendo, “se siente, fuiste tú quien quería venir”. Ya podía aprovechar mis últimos días sobre la faz de la tierra, porque mi madre me iba a matar cuando se enterase de que me había casado con un señor Bafumbira al que prácticamente acababa de conocer, por medio de una ceremonia Kinyarwanda de una tribu de la etnia Bantu que vivía en un pueblo perdido de Uganda. Sonaba estupendo.

gentes Bafumira Kisoro Uganda

Gracias al cielo me bajaron de allí para continuar explicándome brevemente cómo procedía la celebración: se hacía una ceremonia de casamiento, luego el novio y la novia se retiraban una semana a su casa como “luna de miel” y, una vez se acabara, los invitados daban sus regalos a los recién casados; las alfombras que habíamos tejido antes. O habíamos intentado, al menos.

Viaje a Bafumbira Kisoro
saludos Bafumira Uganda

Y comenzó la fiesta. Música, bailes y cantos resonaban sin parar. Me cogieron de la mano y me arrastraron a lo que habían definido como la pista de baile, mientras me enseñaban los movimientos que se hacían con esa música que sonaba. Desde luego se me estaba dando mejor que soplarles a las judías.

No os puedo describir con palabras lo que disfruté de aquella fiesta. No todos los días se casa una en Uganda, oye. Bailé, toqué los tambores y me reí hasta que mi cuerpo dijo basta. Pero me quedaba una cosa por hacer.

danzas Ugandesas
ofrendas ritual boda Uganda

Aquella percusión me recordaba mucho a la música flamenca que llevaba bailando desde pequeña, y, ya que ellos me habían compartido tanto de su cultura, me hacía ilusión que conocieran un poquito de la mía.

Sus miradas se iluminaron cuando les propuse bailar algo típico español. Se miraban entre ellas emocionadas por conocer algo nuevo, y a mí no me podía hacer más feliz. Así que esta vez fueron ellas las que se sonreían avergonzadas, intentando aprender los pasos. Lo que nos reímos no está escrito, y lo que rebosaba mi corazón de felicidad por poder haber compartido ese día con ellas, tampoco.

baile Bafumira Kisoro
Bafumira Uganda

Habiendo tenido ya suficiente bailoteo, era hora de coger fuerzas con la comida, una que ya me resultaba muy familiar: matoke (una especie de plátano, menos dulce que el que conocemos, que se hervía y se hacía puré), y patatas cocidas mezcladas con unas hojas verdes que parecían espinacas, aunque dudo que lo fueran, y las judías que habíamos soplado. Las miré de reojo con la esperanza de que no fueran las de mi cestillo, todavía mezcladas entre palitos y hojas.

Nos dieron unos bolecitos de madera  para servirnos la comida y, todos apiñados en el comedor de la casa común que tenían en la comunidad, donde se reunían, nos pusimos a comer mientras comentábamos el día. Me supo a gloria.

regalos Bafumira Kisoro

Y llegó el momento de las despedidas. Cada una de las personas que había allí reunidas se levantaba, una por una, para agradecernos a Laban y a mí el día compartido. El nudo en la garganta se había vuelto a anidar allí, a punto de soltar la lagrimita. Menudo día.

En tan poco tiempo es imposible conocer verdaderamente una cultura, crear lazos reales con las personas, vivir el día a día de esa comunidad que había conocido. Pero yo quería descubrir todo lo que los Bafumbira tenían para compartir. Así que me fui con la promesa de volver pronto, de quedarme allí un tiempo en el futuro, con esa comunidad.

Al fin y al cabo siempre tendría la excusa de volver a visitar al que fue mi marido por un rato y a saldar mi cuenta pendiente soplando judías, ¿no?

Y, así, después de muchos abrazos y promesas de volver a vernos, nos pusimos en marcha de camino de vuelta a casa. Sentía el corazón tan lleno que sabía que ese día y esa gente se me quedarían grabadas para siempre. Y así ha sido.

familia Bufamura Kisoro Uganda

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