La bendición de la montaña

Supe enseguida que habíamos cruzado una frontera. No había ningún cartel, ni nada que distinguiese ese punto de lo que dejábamos atrás, a una simple mirada de distancia. No era como otras fronteras de ese mismo país, repletas de púas y vallas electrificadas, torres de guardia y policías. Allí no había nada de eso y, sin embargo, lo sabías. Aquí reinaba la cordillera. El Gran Atlas, el conjunto montañoso más grande y fiero del norte africano, se erguía ante nuestro vehículo como un coloso de eras antiguas. Ceñudo, árido e implacable como el más tenaz de los cazadores. No sabíamos si nos daba la bienvenida o nos advertía, y la verdad es que aún, años más tarde, no hemos podido discernirlo.

Me disculpará el lector, o la lectora, si en este relato soy demasiado indulgente con las medidas temporales, mezclando historias de uno u otro tiempo. La descomunal presencia de este gigante adormecido, la desolación que impone en un alma observadora, hace que me pierda en sucesos que allí han ocurrido durante mi estancia por esos lares, confundiéndose en mi memoria por la deformación espacio temporal que genera este lugar en la psique humana. Lo único que sé con claridad es que son cuatro las veces que he remontado el Alto Atlas, y varias más las que he podido recorrer algunos caminos entre sus hermanas, el Atlas Medio y el Anti Atlas. Ninguna de ellas me ha impresionado tanto como esta franja inmensa que surca Marruecos de parte a parte en su zona central, dividiendo de facto el país en dos mitades, norte y sur, que son completamente diferentes en apariencia, habitantes y estilo de vida.

El camino se estrechaba allá donde el asfalto, mordido, se interrumpía. No era tarde, pero tampoco pronto, y el navegador del vehículo indicaba 100km de distancia hasta Imilchil, nuestro destino. Atrás dejábamos las hermosas Gargantas del Dades, allá donde el río homónimo había dejado su herida milenaria en forma de profundos cañones y escarpados precipicios. Tras remontarlas, y pese al aviso de que más arriba terminaba la carretera, decidimos internarnos a ver cómo estaba la cosa. Un numeroso grupo de ovejas y cabras aparecían por la curva cerrada que teníamos delante, acompañadas de un pastor a caballo como los de toda la vida en cualquier rincón del mundo. Al paisano le preguntamos medio en árabe medio en señas si creía que podíamos llegar, por ese camino por el que él venía, a Imilchil. El buen hombre le echó un vistazo apreciativo a nuestro nada lustroso Kia Picanto 1.6V, y a mi juicio, no muy convencido, dijo que sí con la cabeza. “No problem”.

En la guía turística que llevábamos con nosotros, y que yacía abandonada en cualquier parte del suelo del coche con varias latas de sardinas encima, unas bolsas con aceitunas y pan duro alrededor, leímos luego que esa ruta “solo está recomendada para vehículos 4×4, mientras que en la época de lluvias es totalmente desaconsejable ir sin un conductor especializado”. Bueno, no era época de lluvias.

Tras despedirnos de nuestro buen amigo, al que ahora recuerdo partiéndose la caja comentando el incidente con otro vecino que apareció por ahí, nos pusimos en marcha confiando en que, si bien no tenía la mejor de las pintas, no podría ser tan malo. La senda era pedregosa y estrecha, pero el Picanto no parecía sufrir en exceso en estos primeros envites. El paisaje comenzaba a ser de una belleza tosca, primitiva, abandonada ya toda pretensión de control humano sobre sí mismo. Un pequeño río, el Dades, ahora manso, nos acompañaba en la ligera ascensión. Nosotros estábamos contentos, animados, con música en un volumen suave y el aire acondicionado permitiéndonos escapar del infierno que se gestaba más allá de las ventanillas. Llegamos a pensar que estaríamos comiendo en Imilchil en unas dos o tres horas, y ese sentimiento beatífico nos acompañó hasta que tuvimos plena conciencia de dónde nos estábamos metiendo.

Aquello era el Alto Atlas, pero no teníamos delante los inmensos picos nevados de la mega cordillera, sino un valle ascendente que engañaba a los sentidos. La señal se había perdido hacía rato y nos guiábamos con el gps siguiendo el camino marcado sobre el mapa. En cierto punto pudimos ver una serie de curvas terroríficas que se perdían en la altura de una montaña color pardo, bordeando un tremendo abismo por el que circulaba el lecho seco de otro río. Por allí era, hasta el horizonte. Y allí lo sentimos; la frontera sin guardián, la montaña…la aventura. Mi compañero y yo salimos del coche para valorar mejor la situación. Nuestro Picanto era claramente insuficiente y frágil para acometer aquella empresa. Daba casi risa verlo allí plantado en medio de la más absoluta nada, y digo casi porque nosotros íbamos dentro y ya no había marcha atrás. Debíamos seguir, rezar al universo y todos los dioses que habitaron alguna vez este mundo, y llegar a Imilchil antes de que anocheciese.

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El carro avanzaba a 5 y 10km/h, lo llevábamos despacio para no pinchar con ninguna de las afiladas piedras del camino, en primera e intentando acelerar lo suficiente para meter segunda y que no se recalentase el motor. La senda subía y bajaba, se curvaba en ángulos imposibles y ascendía hasta, supimos luego, los 3000 metros de altura. Creo que aquí, en uno de estos momentos de silencio contemplativo de la magnificencia de la naturaleza, me enamoré de Marruecos. La ruta encara al norte una vez se alcanza la cima plana de aquel monte. Un inmenso cañón se abría a nuestra derecha, mientras las nubes creaban sombras juguetonas que distorsionaban los espacios. Aquello era lo más parecido a Marte que debe existir sobre la Tierra.


El viento ululaba componiendo con su silbido una cacofonía estridente. El polvo se elevaba en columnas pasajeras y el sol, aunque ya en su curva descendente, brillaba con fuerza sobre el salpicadero del coche. Todo era rojo o amarronado, mientras varias montañas presentaban vetas rosadas y amarillas, fruto de la erosión del mineral que encerraba la roca. Algunos camellos semi salvajes pastaban arrancando con sus fuertes dientes y rugosa lengua unos matorrales que, a duras penas, crecían agresivos mostrando puntas afiladas. Era la primera vez que veíamos a aquellos animales en aparente libertad, existiendo como debían haberlo hecho antes de ser reclamados por el humano de estas tierras para sus labores cotidianas. Sin embargo, estos rumiantes son tan valiosos para el habitante de la montaña que el espejismo se evaporó tras la siguiente loma.

Una casucha construida con todo tipo de elementos se alzaba a unos 500 metros de donde nuestro Picanto avanzaba lentamente. No había nada alrededor, y la nada adquiría aquí un peso físico abrumador. Alertada por el sonido del motor, una figura pequeña y oscura salió de la casa y comenzó a correr en línea recta. Su trayectoria parecía estudiada, y es que, en nuestro lento avance, aquella sombra que parecía volar por el camino llegaría a nuestro encuentro justo a tiempo de pasar por delante de la construcción. Cuando se acercó lo suficiente descubrimos que era un niño pequeño, de unos 8 o 9 años, el que había emulado a Bolt en una carrera desesperada para entablar relaciones con las únicas personas que, con toda seguridad, pasaban por ese lugar en varios días, puede que incluso semanas.

El encuentro con el pequeño nómada fue, como casi siempre en las cumbres del Alto Atlas, algo sorprendente y delicado, un momento casi mágico. Estas altas planicies del centro sur marroquí están habitadas desde hace cientos de años por multitud de pueblos nómadas amazigh, una etnia orgullosa y fiera que desafía las inclemencias de la zona con un conocimiento absoluto de su entorno, de la fauna y de los pozos y fuentes de agua. Aunque las tribus amazigh del Alto Atlas no tienen un único origen compartido, juntos conservan grandes aspectos culturales e identitarios que los configuran actualmente como un solo pueblo: una lengua propia ampliamente extendida por todo el país, una historia de lucha y reivindicaciones y, por supuesto, unos rasgos físicos característicos y bien diferenciados con sus hermanos y hermanas árabes, siendo los amazigh de cabellos y ojos claros, así como de elevada estatura. No obstante, el tiempo y la mezcla étnico cultural hace ya muchos años que permeó en esta y otras zonas de Marruecos donde habita el pueblo bereber, homogeneizando en gran medida la población.

El niño era rubio, pero sus ojos permanecían oscuros. Se plantó delante del coche con una clara intención de hacer que nos detuviésemos. Quería pedirnos algo. En la lejanía, cerca de la casa, otra figura envuelta en paños oscuros salió de la casa y, erguida, se mostraba vigilante. Nos bajamos y comenzamos un divertido intercambio de palabras y movimientos de las manos, supliendo con la mímica nuestro más que insuficiente conocimiento de la lengua amazigh. Ahmed, que así nos dijo que se llamaba, primero nos pidió agua. Después de saciar su sed de la garrafa que llevábamos en el maletero, echó un vistazo curioso a la amalgama de utensilios que presentaba ese espacio nuevo y a todas luces deslumbrante para su infinita curiosidad de niño nómada. Le ofrecimos pan, pero Ahmed no necesitaba comida. Después de meter las manos por todos los huecos, decidió que quería nuestra navaja o unas gafas de sol de una caja que llevábamos para intercambiar presentes llegado el caso. Las gafas eran blancas y le hacían parecer “La mosca”, pero asintió solemnemente cuando le hicimos saber que podía quedárselas. Sin más que hablar, Ahmed se retiró unos pasos y señaló el camino que seguía delante nuestro, sin fin, en lo alto de aquella perdida vastedad. “Imilchil” – dijo. Nos metimos en el coche y continuamos, dejando a Ahmed con sus nuevas gafas mirando impasible, entre el polvo, cómo nos alejábamos.

Tardamos otras dos largas horas en encontrarnos con otro ser humano. Por no haber, allí no había ni señales de humo. Aunque maravillados por el paisaje que surcábamos a lomos de nuestro infalible bólido, el hambre apretaba. Era viernes y eso nos hacía soñar con un caldero repleto de cuscús, aun sabiendo a todas luces que aquello sería imposible. Es lo que tiene atravesar un lugar mágico; lo imposible deja de pertenecer al mundo de los sueños y el universo tiende a conceder hasta lo más inverosímil del pensamiento humano. En esas andábamos cuando otra construcción, esta vez más sólida, comenzó a asomar a unos metros del camino, bajo unas escarpadas rocas que suponían una división del valle. La casa tenía una pequeña entrada en la que se podía ver una cuidada disposición de rocas decorativas y girasoles. Un cartel de madera de color azul celeste anunciaba que aquello era el auberge “La grotte”. Llegamos a pensar que no podía ser verdad, que era una cruel broma de nuestra mente perturbada por el Atlas, pero la puerta se abrió de pronto y de ella surgió Abdul.

A Abdul se le adivinaba un cuerpo delgado bajo su jersey bicolor. Su rostro presentaba facciones angulosas, algo chupado, con los pómulos marcados de quien gusta de fumar hachís y no come demasiado. Muy inteligente, tenía una mirada viva de ojos oscuros y hacía las preguntas correctas. “¿Queréis un té? – dijo nada más vernos. Whiskey bereber en marcha, entramos agradecidos en su casa, que resultó ser un auténtico albergue de montaña para viajeros y viajeras que recorrían esos parajes y se detenían a dar una vuelta por unas cuevas espectaculares o a recoger fósiles marinos, abundantes en aquella zona. Mientras nos poníamos hasta arriba de cacahuetes y almendras, pastelitos de hojaldre y té caliente, Abdul nos sonreía con su único diente visible y amabilidad, ofreciéndonos quedarnos a pasar la noche. Desistimos, pues aún nos quedaba una larga marcha, pero el hombre nos hizo un glamuroso recorrido por sus estancias que, por otro lado, ofrecían un cómodo y cálido descanso. Al despedirnos, una camioneta vieja avanzaba dando bocinazos por el camino con varios hombres que reían alborozados en la parte de atrás. Se trataba de una despedida de soltero a lo amazigh, donde los amigos y los familiares masculinos del novio gritaban y festejaban alegres, derrapando y levantando una polvareda de cuidado. En nuestros viajes hemos descubierto que la vida se abre paso hasta en los lugares más inverosímiles, y eso hace grande la labor del ser humano en un mundo que no siempre tratamos de destruir.

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A propósito de bodas, en Imilchil se celebra todos los años uno de los acontecimientos más vistosos del mundo. Como capital de las tribus nómadas del Alto Atlas, Imilchil es un lugar de reunión perfecto para el intercambio de ganado, enseres y experiencias. Esta rica esencia propició que jóvenes, hombres y mujeres, de los alrededores se juntasen también para encontrar pareja aprovechando el fin de las cosechas, que suele rondar las primeras semanas del mes de septiembre. Durante el Moussem o Fiesta de los Novios, las mujeres acuden tocadas de preciosos vestidos de lana, mientras que los hombres lucen trajes blancos y elegantes turbantes. En estos días, un hombre o una mujer pueden decidir enlazarse durante un año y vivir juntos para comprobar si su amor fructifica, pudiendo separarse y volver con sus familias si la cosa no sale como lo habían pensado al año próximo. Cuántos disgustos se ahorraría más de uno. Una curita de humildad para la “sabiduría occidental”.

Habíamos avanzado mucho. Los 100km que antes marcaba el navegador parecían alargarse y combarse en un territorio que atrapaba nuestras mentes. Ya éramos parte de ese entramado de gigantescas cimas, desolados páramos y personajes curiosos que es el Atlas. La montaña se mostraba orgullosa de estar marcando nuestra alma viajera; exigía nuestro asombro y reverencia como peaje, incluso cuando ya sus cimas se agostaban y abrían para dar paso al valle.

Abandonamos aquel paraje como habíamos entrado, en silencio. Como salidos de una siesta pesada, nuestros sentidos tardaban en volver a centrarse, viscosos. La primera población de importancia en el camino antes de Imilchil era Agoudal. De importancia porque no hay más, ya que este villorrio atravesado por el polvo casi se mimetiza en el entorno. De casas bajas fabricadas en adobe, un trazado simple conducía a la plaza del pueblo. Creo que la entrada en aquel lugar ese día fue una de las cosas más espectaculares que nos han ocurrido nunca. El Picanto aterrizó en el lugar como una nave alienígena en Times Square. Multitud de ancianos desdentados apoyados en sus bastones, hordas de niños desarrapados y hombres ceñudos de ojos oscuros dejaron sus quehaceres y volvieron sus rostros. Los niños fueron los primeros en reaccionar, echando a correr hacia el coche y colgándose de las puertas, gritando ininteligiblemente. La situación nos obligó a echar los seguros, totalmente desbordados por lo que estaba pasando. Un anciano, el más viejo, se levantó a duras penas y en un esfuerzo supremo alzó el bastón mientras se dirigía a toda la plaza. No sabíamos si nos daba la bienvenida o preparaba a sus fieles para el sacrificio, así que optamos por la solución fácil y salimos de allí echando leches, sin importarnos si algún rezagado tenía que animar el paso para salir de la trayectoria del vehículo.

Milagrosamente abandonamos Agoudal por el camino correcto, y ya solo nos ocupaban 35km de una tierra maravillosa. En las altas planicies montañosas verdea la hierba y un río cristalino alimenta las huertas, regando con agua fresca gargantas de animales y personas. La vista es apacible, un paraíso rural si olvidas las dificultades por las que sus pobladores caracolean todos los días. Una mujer, parada a la vera de la vía, nos daba el alto con la mano. Vestía túnica y el tradicional hiyab árabe, aunque de vistosos colores. Su rostro arrugado aún conservaba algunos atisbos de una belleza antigua, mostrando con dignidad los tatuajes de su pueblo en la barbilla y la frente, signo inequívoco de pertenencia a las montañas del Atlas. Sonreía sin decir nada, confiando totalmente en aquellos dos blancos que la transportaban hasta un destino no mencionado, solo hacia adelante. Llegado el momento nos golpeó suavemente en los hombros, y entendimos que quería bajar. En sus manos relucían unas monedas que nos negamos a aceptar, y la mujer ladeó la cabeza mirándonos con intensidad. Las primeras palabras salieron de su boca en un salmo hermoso que no entendimos con el oído, pero desde luego escuchamos con el alma. Era una bendición, la de las montañas. Entrábamos en Imilchil a última hora de la tarde. Situado a 1600m de altitud, la capital del Atlas es pequeña y fría. Los inviernos duros tiñen de blanco las cimas que la rodean, y en verano es usual que corra un viento gélido en la noche. El pueblo es una plaza amplia con un anfiteatro donde los chavales echan partidos de fútbol y los camiones con mercancías aparcan. Los rebaños de cabras pastoreados por hombres recios circulan con normalidad, y la calle principal asciende entre el humo de las barbacoas con kefta asándose en trinchetes rodeados de moscas. Aquí el extranjero es bien recibido, y es normal que una o dos personas se acerquen para ofrecer sus servicios de guía u hospedaje, venderte un melón o llevarte al restaurante de su primo. Por cierto, aquí probamos el mejor tajin de nuestras vidas. 

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Sabíamos que cerca del pueblo existían dos grandes lagos glaciares alimentados por la nieve del invierno. Con forma de lágrimas, los lagos Tislit e Islit son como dos joyas refulgentes en mitad de un lienzo ocre. Aquí comienza el Parque Natural del Alto Atlas Oriental, un paraíso escondido del montañismo. La leyenda cuenta que ambas concentraciones acuíferas se llenaron en tiempos con las lágrimas de Tislit e Islit, una pareja de jóvenes enamorados a los que sus familias no permitieron estar juntos. Por tal desdichado destino, ambos se suicidaron y bautizaron con sus nombres un espacio que es sin duda singular. Tislit es el pequeño, y su cercanía a Imilchil hace que sea frecuentado de vez en cuando por campistas que se reúnen a cantar y comer alrededor de antorchas, así como un puñado de jóvenes que buscan un espacio de intimidad al aire libre donde emborracharse. En Marruecos está prohibido el consumo de alcohol (que no su venta), por lo que este lago se presta a muchas situaciones curiosas donde han nacido grandes amigos de una sola noche.

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Islit en cambio, es mucho más salvaje. Ostenta el honor de ser el lago más profundo de Marruecos con 92 metros, algo que acongoja el espíritu al perder pie durante un baño gélido. Islit es hogar de una grandísima cantidad de golondrinas, que acarician tu coronilla con las alas al pasar zumbando continuamente en busca de agua. Con sol es un lugar tremendamente hermoso, pero nublado y cubierto adquiere un aspecto maléfico que acrecienta la tierra roja que lo rodea. Quizá su trágica historia aún pesa sobre el alma de este magnífico paraje.

Aquella noche decidimos acampar en el primero de los lagos, de orillas más amables y con cierto resguardo. Por la senda que une los lagos, un pastor se nos acercó a entablar conversación y pedirnos un cigarrillo. Parados fumando en mitad de aquella inmensa nada, el espectáculo visual para un tercero debía resultar dantesco. El hombre nos contó que más allá de Islit, a unas 3 horas de caminata, caía una linda cascada.

– ¿Una cuñada de Islit? – preguntamos jocosos.

Es sorprendente pensar que todavía más allá de donde estábamos, el Alto Atlas continuaba durante cientos de kilómetros hasta la región de Jenifra y Beni Melal a través de caminos de cabras. Un viaje que sin duda todavía nos espera.

Aquella noche con la tripa llena, saciadas las necesidades más acuciantes y con una espectacular visión de la bóveda celeste, sentimos una sensación que es en sí misma el viaje. Habíamos llegado a aquel lugar siguiendo un pálpito interno, y en el camino parecía que habíamos vivido una vida entera. Para profundizar en un lugar a veces no necesitas más que tiempo para recorrerlo, abrir bien los ojos y agudizar el oído para recibir lo que las personas que lo habitan tienen que decirte. Atreverse a preguntar, curiosear, sonreír al desconocido, respetar las normas no escritas… son las armas del viajero/a responsable. Detrás hay un aprendizaje que no se adquiere de ninguna otra experiencia, pero no es estático, no es el trofeo que ostentas cuando vuelves a casa, y por eso el viajero se mantiene en eterna búsqueda. De qué no importa, cada persona sabe. Viajar conlleva una reflexión interna para entender y situarnos en el mundo y el tiempo en el que vivimos, y hoy Marruecos encarna esa realidad como casi ningún otro país de nuestro entorno. Eso es lo que ocurre cuando abandonas lo fácil, cuando te decides a vivir. A nosotros nos han hecho falta muchos Atlas, y aunque no lo sabemos del todo, algo nos olemos. Decidimos crear un proyecto para serle fieles a esa sensación que nos invade sobre una estera bajo la noche intensamente estrellada de Imilchil. Queremos aprender a ser felices, y en el camino compartir que eso sigue siendo posible.

Mario Marty Agudo es fundador y responsable de comunicación de la Asociación Be Wild Be Proud, que este año vuelve a organizar un viaje por un Marruecos distinto y profundo, apegado a las personas y bajo la bandera de la interculturalidad como herramienta de cambio social.

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