Los cabellos untados en mantequilla y arcillas rojas de las mujeres, así como las diademas de arcilla decoradas con plumas que portan los hombres, son la prueba de que antaño fueron hamer. Sin embargo, decidieron escindirse finalmente para llamarse: banna.
Hoy son una etnia independiente que habita en el territorio que separa las aguas del río Omo y Weyto, desarrollando una vida seminómada junto a sus reses. Un día a día en constante movimiento, que les permite poner en práctica su técnica de supervivencia más depurada: la recolección de miel. La base de la economía de los banna durante la estación seca.
El ganado y los banna guardan un profundo vínculo vital. Aman a todas y cada una de sus reses, son capaces de denominar hasta 27 tipos de texturas y colores del ganado. Cada banna tiene tres nombres: uno humano, uno de vaca y uno de cabra. Y cuando llega el momento de celebrar el paso a la edad adulta, ofician el ritual del salto de los toros. La misma tradición que practican los hamer y otros pueblos del Omo, en la que los jóvenes saltan desnudos sobre los lomos de varios toros posicionados en fila.
Su tesoro más preciado. Aquel que protegerán junto a la lumbre de un buen fuego contra el ataque de ladrones y los espíritus malignos llamados Jinnis. Porque un banna sin ganado no es nada.
