Sacerdotisas Komian en Costa de Marfil durante un ritual. Autor desconocido.
La mayoría de los marfileños se definen como cristianos o musulmanes, pero no abandonan las prácticas religiosas ancestrales.
Difícilmente un marfileño reconocerá que es adepto a alguna de las religiones tradicionales africanas de su país. Lo más común es que se defina como cristiano o musulmán. Está mal visto, es cosa de gente inculta, confesar en público ser seguidor de una de esas creencias ancestrales.
Sin embargo, la gran mayoría de los marfileños, en su día a día siguen las prácticas ancladas en lo más profundo de su cultura. Puede que los domingos abarroten las iglesias y los viernes las mezquitas. Eso no impide que presenten ofrendas a los antepasados. O acudan a curanderos, adivinos y sacerdotes tradicionales en busca de protección, curas o indicaciones sobre el futuro.
Los marfileños viven esta dicotomía con total normalidad. Es habitual que en la estación seca, coincidiendo con las fiestas de Navidad, los habitantes de las ciudades acudan a sus aldeas y pueblos de origen. Allí, una vez reunida la familia, ofrecen ofrendas a los antepasados para pedir su protección. La sangre de un toro o cabra (según el poder adquisitivo del grupo) sacrificado, las libaciones de licor y el aceite de palma se derraman junto a algún lugar sagrado. Un gran árbol, normalmente una ceiba, suele ser el emplazamiento por antonomasia para este tipo de ceremonias.
Esta es una de las muchas manifestaciones donde se percibe cómo los ritos ancestrales perduran enredados con las religiones llegadas de fuera del continente.
No existe una sola religión tradicional africana. Cada pueblo tiene la suya propia. Entre ellas hay similitudes en la existencia de un dios creador, normalmente ausente, que rige sobre una pléyade de dioses menores. Y de unos intermediarios entre el Ser supremo y los hombres, como son los espíritus y los antepasados. Cada conjunto de creencias tiene sus particularidades e idiosincrasia. No hay dos iguales.
Tradicional no quiere decir que estas religiones sean algo estático o que rechacen cualquier cambio. Como estamos viendo, encuentran nuevas formas de manifestarse. El término se refiere a que han estado ahí siempre, antes de la llegada del islam y el cristianismo.
La región de Costa de Marfil donde más viva está esta religión es en el norte. En territorio senufo, donde se encuentra la histórica ciudad de Korhogo o las ocho mezquitas de estilo sudanés (dos en Kong y una en Tengréla, Kouto, Sorobango, Samatiguila, M’Bengué y Kaouara) declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 2021.

A pesar de que los senufos son mayoritariamente musulmanes, en el barrio de los escultores de Korhogo, a la sombra de la gran mezquita, se pueden ver varios templos de divinidades pertenecientes a la religión tradicional. También se conserva el bosque sagrado donde tienen lugar la mayoría de los ritos religiosos y al que solo acceden las personas iniciadas.
En esta ciudad aún se pueden contemplar las máscaras que salen cuando algún iniciado muere o las de iniciación de los jóvenes a la sociedad secreta del poro. Las primeras son un poco sosas. Las segundas, las de los hombres panteras, como se les conoce, espectaculares por los saltos y cabriolas que realizan los jóvenes y por la música que las acompaña. En el mercado central de esta gran urbe, se hallan un par de pasillos donde se pueden adquirir todo lo necesario para los rituales y ofrendas que los sacerdotes requieren de los adeptos que acuden a ellos. Es el conocido mercado de fetiches. El olor de los animales muertos puede echar un poco para atrás, pero una visita a él es muy instructiva.
No lejos de Korhogo se encuentra el pueblo de Noifoin. Esta localidad cuenta con una zona moderna, grande, de casas de cemento y techos de láminas corrugadas. Separada por una vaguada, está la aldea antigua donde se hallan las casas de los fetiches. Una para el masculino y otra para el femenino. Preciosas construcciones en barro, con techos cónicos altísimos, donde los marfileños acuden a pedir favores y ofrecer ofrendas como demuestran los muchos devotos que cubren sus paredes.
La religión tradicional también sigue muy viva entre el pueblo agni, que habita el sureste de Costa de Marfil. Allí las sacerdotisas komian ostentan el poder. Son reconocidas en todo el país por su capacidad de leer el futuro y alejar la mala suerte. Marfileños de toda condición y creencia acuden a ellas, sobre todo, por sus poderes curativos o para solucionar problemas de parejas. Los santuarios principales en los que rinden culto con sus danzas, se encuentran en medio a un bosque de teca, de donde consiguen la mayoría de las plantas medicinales que utilizan. Están protegidos por numerosas estatuillas de fetiches. Se las puede ver en acción en la escuela de Aadjoua Messouma de Aniansué (Cikama), situada a 7 kilómetros de Abengourou. Allí, las jóvenes alumnas son iniciadas y exhiben las danzas con las que entran en contacto con los espíritus.
Estos son solo algunos ejemplos de cómo las religiones tradicionales siguen muy vivas en Costa de Marfil y conviven sin problemas con las que no surgen de la tierra, sino que están encerradas en libros.
¿Por qué no decimos animismo para referirnos a las religiones tradicionales africanas?
Porque es un término despectivo y racista. Fue acuñado por el antropólogo británico Edward Burnett Tylor (1832-1917) en su obra Primitive Culture (1871). Para él, el animismo es la forma más primitiva de la religión, incluso un estadio anterior a esta. Según este, cualquier elemento del mundo natural (montañas, ríos, el cielo, la tierra, determinados lugares, rocas, plantas, animales, árboles…) tienen alma y son adorados. En el animismo no existen dioses, solo espíritus. Es un argumento utilizado tanto por los misioneros cristianos que acompañaron a los colonizadores, como por los predicadores musulmanes para negar que los africanos tuvieran una religión y por tanto se les podía forzar a adherirse a la suya.
Las religiones tradicionales africanas no creen que los elementos del mundo natural sean espíritus, sino que son lugares donde se manifiestan los dioses y los espíritus. De ahí que un árbol, una roca o un río puedan ser enclaves en los que realizar ofrendas a estos. Y, por supuesto, todas ellas cuentan con un dios creador que gobierna un conjunto de dioses. Mientras que los espíritus y antepasados son intermediarios entre los seres humanos y las divinidades.
Por eso no decimos religión animista o pueblo animista.
Texto: Chema Caballero.






Àngel Zamora dice
Muy interesante la explicacion Cadí exhaustiva. Con el malogrado Toni habiamos previsto desplazarnos hasta Costa de Marfil; despues de haber visitador Benín, Togo y Ghana. Però los desgraciades acontecimientos de 2024, trunco el proyecto.
Rift Valley dice
Gracias por tus comentarios Ángel. La verdad es que Costa de Marfil es muy interesante desde el punto de vista etnográfico y de paisaje. Para la segunda quincena de agosto tenemos un viaje con la antropóloga Eva Colomer.