DZANGA BAI, el baile de los elefantes

Cuando el escritor Joseph Conrad advertía en su libro “El corazón de las tinieblas” que remontar el río Congo era trasladarse a las primeras épocas del mundo, “cuando la vegetación desbordaba la tierra y los grandes árboles eran los reyes”, enmarcaba esa descripción dentro de una atmósfera opresiva y densa, con la sinrazón del más feroz colonialismo dominando la escena. Sin embargo la frase, escrita hace más de cien años, sigue siendo cierta en algunos aspectos. Todavía hoy se puede realizar el sueño de volver a los primeros días de la tierra, a los espacios vírgenes de antaño, remontando durante días ríos terrosos festoneados de árboles y plantas gigantes: un inmenso vergel lleno de vida y cuya magia envuelve todo y a todos los que allí habitan.

El vuelo a Brazzaville, capital de la República del Congo, permite descubrir desde el aire y antes de aterrizar en el aeropuerto de Maya Maya, la columna vertebral de ese gigantesco mundo vegetal: el río Congo, el “río que absorbe todos los ríos”, una gran serpiente que atraviesa África a lo largo de 4.380 kms., teniendo el honor además de ser el segundo río más caudaloso del mundo, desplazando 41.300 metros cúbicos de agua por segundo.

HACIA EL BOSQUE– Volamos de nuevo hacia el norte desde Brazzaville. Y pronto comenzamos a admirar el reino de los árboles gigantes de que hablaba Conrad. Después de sobrevolar las planicies Bateke, situadas al norte de la capital, el paisaje comienza a cambiar, y los bosques dispersos que salpicaban las llanuras empiezan a crecer de forma continua, hasta convertirse en un abigarrado dosel verde que no muestra otras cicatrices que la de los ríos Likouala , Lengoue o Kandeko, que discurren entre los árboles brillando al sol. Ouesso, una pequeña población situada al norte del país, es nuestro lugar de aterrizaje; y es también el punto de inicio de nuestro viaje por río hacia el Complejo de Dzanga-Sangha, ya en territorio de la República Centroafricana; una de las zonas menos perturbadas del bosque ecuatorial original. Remontar el río Sangha supone, definitivamente, retomar las palabras de Joseph Conrad: volver a los grandes ríos africanos apenas surcados por otras embarcaciones que no sean las piraguas talladas en madera de los pescadores ribereños. Grandes masas de árboles bordean este tributario del gran Congo, y es fácil escuchar el grito de los grandes pájaros turaco, o el aleteo sonoro de los calaos si vuelan por encima de uno. Pájaros y monos están presentes en el recorrido, y también playas de arena blanca si el río no está crecido. De ese modo, el trayecto tiene algo de viaje iniciático, de descubrimiento de un mundo aparte y virgen.

Después de visitar el Parque Nouabale-Ndoki, en el corazón del bosque congoleño – esta será otra historia –, continuamos remontando el río Sangha hasta cruzar la frontera con la vecina República Centroafricana. Nuestro destino es el área protegida de Dzanga-Sangha, creada en 1990 bajo la iniciativa de la organización WWF y del gobierno centroafricano, con el apoyo de la cooperación alemana y americana. Aquí, como en Ndoki, o en el Parque Odzala, algo más al oeste, o en la reserva del Lago Lobeke (en Camerún) el bosque lluvioso es el rey, y está salpicado de claros o salinas naturales llamadas bais, cuyos suelos, ricos en minerales, atraen a miríadas de mariposas que sobrevuelan por encima y al lado de gorilas, elefantes de bosque, chimpancés, búfalos enanos, y antílopes, como los sitatungas o el esquivo y fantasmal bongo.

DZANGA BAI, EL BAILE DE LOS ELEFANTES El bai de Dzanga es famoso por la altísima concentración de elefantes que lo visitan. Se han llegado a reunir más de un centenar de elefantes al mismo tiempo, de forma que el espectáculo está asegurado. Rudyard Kipling, el gran autor – con permiso de Joseph Conrad -, escribió hace muchos años un cuento “Toomai de los elefantes”. En sus páginas describía unas imágenes que parecían sacadas del mundo de las historias mágicas: la costumbre de los elefantes salvajes de reunirse ciertas noches de luna en un calvero del bosque para bailar. “ Ocultos en los bosques existen grandes claros a los que llaman “salas de bailes de los elefantes”; sin embargo éstos sólo se encuentran por accidente, y, desde luego, ningún hombre ha visto a los elefantes danzar. “El pueblo de los elefantes ha salido esta noche. ¡Es el baile de los elefantes!…Allí estaban todos, cabeza con cabeza, o deambulando en parejas, o balanceándose…veintenas y veintenas de elefantes.”” Kipling conocía la selva – no en vano es el autor de “Mowgli, El Libro de la Selva, en cuyos textos se encuentra la historia de “Toomai de los elefantes” -, luego quizás no estuviese descaminado – aunque él situase las danzas nocturnas en las selvas indias – y haya algo de esa magia danzante en la reunión de elefantes habitual del bai de Dzanga. No nos preguntamos cuál es el motivo de la formidable concentración de paquidermos. Al visitante no le queda sino disfrutar de su visión, de sus carreras y de sus barritos, acompañados casi siempre por búfalos de bosque, sitatungas y pájaros y mariposas; o, si tiene suerte y cree en Kipling, por los hermosos y rayados antílopes bongo, mucho más difíciles de ver. Pero no ha de abandonarse el Parque sin explorar la selva junto a los pigmeos Bakas – los mejores guías que uno pueda encontrar – para seguir el rastro de los gorilas de llanura occidentales que pueblan el parque en otras zonas, junto a colobos y monos mangabeys. El bosque tropical centroafricano esconde muchas sorpresas, no sólo por sus animales y plantas, sino por la magia que desprende ese mundo: ancestral en muchos aspectos, quizás básico en otros, o demasiado complejo a veces.

Los africanos creen en los hechizos, en un sortilegio constante que envuelve todo, y por eso hablan de hombres-leopardo; de vuelos de hechiceros a París con un avión de madera, de fabricación casera (AIR MAKANA); o de animales mitológicos como Mokele Mbembe, el último dinosaurio, o Edzeazeka, un animal mitad hombre, mitad gorila. Aunque hay visitantes que sí han creído: Kipling sabía que los elefantes se reunían a veces en los claros del bosque para bailar bajo la luna y nos lo contó. Seguro que hay gente que no le creyó en su día, aunque después de visitar el bai de Dzanga ya ha quedado claro que es cierto. Entonces, ¿quién nos dice que otras historias mágicas y sortilegios africanos no tienen un poso de realidad? Quizás sea la búsqueda de una respuesta a los mitos una buena excusa para viajar a África, al bosque del Congo y a ríos como el Sangha. Seguiremos buscando; en realidad, cualquier excusa será buena para ir allí.

Texto: Jesús Amunarriz.

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