Foto: Aner Etxebarria.
En la última reunión de mis viajes acostumbro a pedir a los participantes que me digan cuál ha sido su momento especial, aquel que recordarán toda su vida, ya sea por el impacto emocional, por la belleza o por la singularidad. Es una pregunta difícil y, por lo general, desencadena un alud de sensaciones y de recuerdos, de modo que elegir solo uno resulta poco menos que imposible.
Algo parecido ocurre cuando me piden que elabore mi lista de “top ten” de un viaje: los diez lugares imprescindibles, las experiencias inolvidables. Este es mi intento de top ten para el viaje naturalista a Madagascar que realizamos este verano: dieciocho días en una isla fuera del espacio y del tiempo, donde los endemismos son la norma, en un mundo antiguo y diferente. Confieso que la selección me ha costado porque me vienen tantos momentos a la cabeza que fácilmente mi lista podría ser de “top hundred”.
1. Los primeros
El primer lémur, el primer baobab, el primer camaleón, el primer gecko de cola de hoja. Para los viajeros, Madagascar está lleno de primeras veces, porque la mayoría de las especies de fauna y flora solo están aquí. Un momento estelar fue el primer Pachypodium rosulatum, una planta maravillosa que llaman pata de elefante, por su tronco rechoncho y bajo. Lo descubrimos al inicio de la caminata por el Parque Nacional de Isalo, una especie de bonsái de baobab surgiendo entre las rocas, aunque nada tiene que ver con este árbol ni con ninguno, ya que es una planta suculenta. Inolvidable también nuestro primer indri, avistado en el Parque Nacional de Alamazaotra. Fue un regalo que casi fuera también nuestro primer lémur. Después veríamos y oiríamos otros indris, en la reserva natural de VOIMMA, pero cómo olvidar esa primera vez, el rostro de ojos claros y redondos, los penachos de las orejas, el cuerpo grande y peludo, las piernas larguísimas y la cola ausente. Mientras comía hojas sin prisa en la copa de un árbol, la luz dorada de la tarde se filtraba entre el follaje. Es la especie más grande de lémur, el babakoto, según los malgaches, el abuelo del bosque

2. Las ballenas
Ver saltar, hasta nueve veces, a un grupo de tres ballenas jorobadas, en las aguas de Ifaty. Durante más de una hora nos dejaron compartir su vida. Siguiendo la normativa que no te permite permanecer más de veinte minutos navegando con cetáceos, nos alejábamos, pero ellas seguían con nosotros, ofreciéndonos todo un repertorio de comportamientos de superficie: soplos, golpes de cola, saludos con una aleta pectoral. El primer salto, tan cercano como inesperado, arrancó exclamaciones y gritos, los sucesivos nos llevaron a un paroxismo de euforia. Porque ver saltar a gigantes de diecinueve metros de largo (mayores que nuestra barca) y cuarenta toneladas de peso, girándose sobre si mismas en el aire y dejándose caer sobre sus espaldas entre un alud de salpicaduras es algo indescriptible. Tras el salto, quedaba una ventana circular inmensa de aguas tranquilas en la superficie, mientras que las ondas que habían provocado llegaban a nuestra embarcación y la zarandeaban. Dos veces vimos saltar a dos juntas y, cuando finalmente se alejaron, no podíamos sentirnos más agradecidos y privilegiados.
3. La noche en Kirindi
Todos los safaris nocturnos son especiales, porque te permiten ver cómo son y cómo viven animales que se mantienen ocultos durante el día. Hicimos cuatro y cada uno de ellos fue un top, porque no hay nada comparable a moverte por la selva de noche, descubriendo especies nocturnas. Pero el que llevamos a cabo en el Parque Nacional de Kirindi fue aún más especial. El guía local conocía la ubicación de una madriguera de ratas gigantes saltarinas, un roedor de grandes dimensiones, que solo habita en esta zona y que se encuentra en peligro crítico de extinción. Así que nos internamos en el bosque, para intentar sorprenderlas cuando iniciaran sus actividades crepusculares. Llegamos temprano, apagamos los frontales y nos sentamos en un tronco, en absoluto silencio, impregnándonos de los rumores y olores de la noche, intensos y cambiantes, de las estrellas que adivinábamos entre las ramas de los árboles, de los claroscuros del sotobosque. Por fin, un crujido, el sonido sordo de un cuerpo pesado que salta en la oscuridad. Y, bajo el foco momentáneo de la linterna, ahí estaba: nuestra rata con orejas de liebre y ojos enormes, erguida sobre sus patas posteriores, atenta a su alrededor. Una experiencia impagable.

4. Los lémures
Se merecerían su propio top ten. ¡Durante el viaje tuvimos la suerte de ver 22 especies distintas! Para mí, que soy etóloga y una apasionada de la evolución, nada me resulta más fascinante que poder observar a unos primates tan singulares en su hábitat natural. Pero es un entusiasmo compartido con todo el grupo, porque son unos animales irresistibles y ver cómo se comportan y se relacionan entre ellos, no tiene parangón. Además, los lémures nos llevan al pasado remoto de nuestros ancestros primates más antiguos, y al observarlos aprehendemos diferencias y similitudes, descubrimos las adaptaciones propias de cada familia y de cada especie y, por encima de todo, disfrutamos con su día a día: cómo comen, se desplazan, juegan, llevan a sus crías, se asean… ¡Imposible olvidar los saltos de los sifacas, los gritos de los lémures de collar, los ojillos de gnomo de los lémures saltadores!

5. Los bosques de baobabs
Baobab: incluso el nombre te transporta a un mundo de fantasía.
No hay palabras para describir el embrujo que emana de estos fascinantes árboles. Vimos tres especies distintas (hay seis endémicas de Madagascar), y nos enamoramos de cada una de ellas. En Reniala abrazamos nuestro primer baobab y no pudimos dejar de hacerlo en Zombsitse, Morondava y Kirindi. Apoyar la mano en la corteza suave, tibia de sol, recoger restos de sus flores, probar a qué saben sus semillas, hablar de cómo son sus vidas longevas, de las adaptaciones que presentan, de lo peculiar de su estructura arbórea, del porqué de sus formas extrañas, de lo maravillosos que son. Y, por encima de todo, descubrir los bosques de baobabs, mucho más allá de Morondava, donde cientos de árboles, de todas las edades y tamaños, conforman un paisaje punteado de siluetas increíbles.

6. Las formaciones rocosas del Parque Nacional de Isalo
Este parque es uno de los lugares más emblemáticos de Madagascar y también uno de los más bellos. Isalo son las formas inesperadas en los afloramientos rocosos, el agua helada de las pozas, las palmeras y los aloes endémicos del parque, los árboles tapia, el amarillo de las flores de las patas de elefante y los rojos y ocres de las rocas. Y la luz. Sobre todo, la luz. Cómo disfrutamos recorriendo ese escenario de otro mundo y descubriendo la vida insólita que habita el parque: desde los insectos palo y las ninfas de fulgoromorfos (unos insectos mucho más pequeños y bonitos que su nombre), a los lagartos de tres ojos y los lémures que viven en las quebradas.
7. El Parque Nacional de Ranomafana
Un imprescindible, por la variedad y riqueza de especies vegetales y animales. Solo entrar en el parque, al alba, nos saludaron los gritos de los Varecia, los lémures rufos blancos y negros, una de las especies más extrañas y bonitas, en peligro crítico de extinción. Pero además pudimos avistar el rarísimo lémur dorado del bambú, una especie descubierta en 1987, y tener un encuentro muy cercano con la última hembra de lémur grande del bambú que habita en el parque. Allí vimos seis especies de lémures y nueve de reptiles, entre ellas el gecko de cola de hoja musgoso y el gecko de cola de hoja satánico. Descubrirlos ya es una hazaña y un ejercicio difícil y divertido, porque gracias a los apéndices, colores y formas de sus cuerpos pueden camuflarse en las superficies donde se apoyan, confundiéndose con las cortezas de los árboles. La inmovilidad absoluta completa la estrategia y sus comportamientos para encontrar pareja y competir entre ellos rayan lo inverosímil.
8. Los colores de Madagascar
Sin duda, uno de mis top ten. Pero no puedo describirlos. Hay que verlos y vivirlos: en el cielo, la tierra, las rocas, el mar, los mercados, los cultivos, las sonrisas de los niños, las ropas de las mujeres, el agua de los ríos, los camaleones, los insectos, las aves, los ojos de los lémures, las albas y los ocasos, los líquenes, los helechos, las palmeras y las flores, las mariposas, las embarcaciones… Me faltan adjetivos para la gama cromática que acompaña, golpea y acuna durante todo el viaje.

9. El ocaso en la avenida de los baobabs
Un clásico, es cierto. La meta del viajero: los famosos baobabs de Morondava, una avenida de árboles tan inmensos y espectaculares como su nombre científico: Adansomia grandidieri. ¡Cuántas fotografías hemos visto de ellos! No importa. Nada es comparable al juego de luces que acompaña el atardecer, ni a las siluetas de esos gigantes de copa pequeña, recortadas contra el cielo. Hay que esperar a que se haga de noche. Quedarte cuando todos se han ido y el cielo vira del naranja al rojo, del rojo al lila y del lila al violeta y al morado, mientras las estrellas empiezan a brillar en el cielo límpido y la vía láctea se prende de las ramas más altas de los baobabs. Nos gustó tanto que quisimos repetir. Para los baobabs, fueron un par de crepúsculos más entre los centenares de miles que han vivido y vivirán, y para nosotras, unos de los momentos más preciosos para el recuerdo.
10. El gran Tsingi de Bemaraha
Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y uno de los lugares más singulares del mundo. Un recorrido exigente, pero que realizamos a ritmo de mora mora (la máxima malgache: poquito a poco), absolutamente fascinadas por los laberintos de piedra, las cárcavas, los túneles, las cuevas, la vegetación imposible en un bosque de piedra caliza formado por mesetas erizadas de agujas calcáreas y rocas sostenidas en equilibrios imposibles. A modo de previa, el día anterior habíamos visitado el pequeño Tsingi, una versión reducida del grande, y habíamos navegado en una barca tradicional por la espectacular garganta del río Manambolo, dónde tuvimos encuentros cercanos con cocodrilos y pudimos explorar un par de cuevas excavadas en la piedra caliza. Maravilloso también el bosque que precede al gran Tsingi, inolvidables los encuentros con el lémur saltador de Bemaraha, el lémur pardo de frente roja y el sifaca de Decken, tres de los especiales que solo habitan aquí. Y, tras cruzar un puente colgante, contemplar una vista impresionante que abarca tanta vida y tanta belleza.
Sí, lo reconozco, he hecho trampa. Pero es que Madagascar es muchísimo más que una lista. Y eso sin mencionar los lémures de cola anillada de Anja, ni la fosa que acude al atardecer al centro de visitantes de Kirindi, ni la enorme variedad de camaleones que vimos en casi todos los parques, ni del lémur ratón de Goodman, que tuvimos la suerte de poder observar en el safari nocturno, en Andasibe. Ni de las cascadas, ni la variedad de bosques y paisajes. Ni de la gente. Los malgaches son gente cercana, muy amable Y su interpretación de la vida y de la muerte, extraordinaria.
Madagascar es un sueño. Es también uno de los países más pobres de África. Tan frágil como las especies que cobija. Conocerlo es quererlo y es el deber de todos intentar preservarlo.


Texto: Muntsa Colell Mimó.






Cristina Fernández Perez dice
Totalmente de acuerdo contigo Montse. Yo hice todo viajando sola, y ese recuerdo es imborrable.
Rift Valley dice
Sí que son recuerdos inolvidables. Gracias por seguirnos, Cristina.